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sábado, 5 de julio de 2014

Gratis

Hay ciertas cosas por las cuales, en España, es impensable tener que pagar. Estamos acostumbrados a que sean "gratuitas" y cualquier intento de hacerlas de pago es considerado una grave afrenta y es rechazado ferozmente. Llegar con esa filosofía a Alemania, país donde se paga por todo, me deparó no pocos disgustos y cabreos monumentales. Pero, ¿es esta práctica tan negativa como creemos?




Por supuesto, a mí tampoco me gusta que me hagan pagar "generosamente" por las cosas más insospechadas —¡y a quién sí!—. Sin embargo, mi postura ante este tema ha ido evolucionando sensiblemente, hasta el punto de llegar a verle aspectos positivos en algunos casos. Estoy pensando en situaciones habituales en España, como por ejemplo:
  • Una noticia en la que se hablaba de un mercado medieval que iba a celebrarse. La crónica mencionaba que los asistentes contarían con diversas atracciones y actividades gratuitas, así como también regalos de recuerdo para todos. (Reflexión en voz alta: ¿Porqué hay festivales "medievales" por todas partes sin venir a cuento? ¿No se conocen otros periodos históricos?).
  • Otra promoción similar anunciaba una fiesta gastronómica en la que se repartían raciones gratis del producto en cuestión.
  • También son comunes los conciertos gratuitos, especialmente en fiestas patronales, así como exposiciones, obras de teatro y otros eventos.
  • Y mi favorita. La del club de fútbol endeudado hasta las cejas durante años —uno de tantos— que finalmente se encuentra al borde de la quiebra. Un grupúsculo de aficionados demandan que las instituciones públicas se hagan cargo del club para cubrir sus deudas y evitar su desaparición.
Esta última es, con diferencia, la que más enfermo me pone. ¡Tienen más cara que espalda! Una empresa normal y corriente que lleve esa misma trayectoria se va al tacho en dos días. Y no la salva ni Dios. Sin embargo, los clubes de fútbol pueden despilfarrar lo que quieran, recibir dinero público a espuertas y ser rescatados cuando están en el abismo. Es que "se juega con el sentimiento de una afición", dicen ellos. Pues si estáis tan comprometidos con el club lo tenéis bien fácil. Es vuestro club. No tenéis más que poner de vuestro bolsillo el dinero necesario y listo. Mira qué fácil. Podéis resolver el problema vosotros solitos sin que nadie más intervenga. ¿Porqué tenemos los demás que pagaros el pasatiempo a los cuatro pelagatos que váis al estadio?

El resto de casos citados también son dignos de análisis. ¿Qué aporta regalar objetos, comida o entretenimiento solo por que sí? ¿Atraer buitres interesados únicamente en obtener lo que se reparte sin darle ningún valor? ¿Gente a la que le importa un bledo esa tradición y que no volverá a aparecer por allí en cuanto dejen de darle limosna? ¿Quién no ha visto peleas patéticas entre adultos hechos y derechos por rapiñar todos los regalos posibles, que al poco tiempo acaban tirados en cualquier esquina?

El planteamiento que observo aquí en Alemania va en otra línea. Si vas a mercadillos de Navidad o fiestas similares puedes llevarte la tacita de recuerdo por un par de euros. Si para ti tiene ese valor y quieres conservarla, la pagas y es tuya. Si no lo tiene, la dejas y punto. En eventos de exaltación gastronómica no regalan la ración de turno. Si la quieres probar te la pagas —y no barata precisamente—. Por visitar lugares pintorescos o monumentos históricos no te cuento los sablazos que te meten. Incluso por ver desfiles de carnaval que no son nada del otro mundo la gente paga hasta 6-7€. Y están a tope. Así colaboran a financiar sus tradiciones y patrimonio. Pero lo hace quien quiere. Al que le importa un carajo, pues no va y no paga. No tienes porqué subvencionar los vicios de los demás con tus impuestos. Ese dinero es para otras cosas.

Al principio me costó aceptar esta filosofía, pero más tarde empecé a apreciar sus beneficios. ¿Porqué?:
  • Primero, porque decir que algo es gratis es rotundamente FALSO. Me hace mucha gracia el empleo de la palabra gratis. Ese supuesto "regalo" no es tal, pues te lo están haciendo con tu propio dinero. Con el dinero de todos. Puede que te esté costando incluso más que si lo pagases directamente, en lugar de hacerlo indirectamente a través de tus impuestos. Y además así lo tienes que pagar sí o sí. Tanto si te gusta como si no. Tanto si vas a disfrutarlo como si no.
  • Segundo, porque a mí nadie tiene que decirme lo que es cultura, y mucho menos usar dinero público para regalármela. El que quiera algo, que se lo pague. Si una cosa tiene verdadero interés para la gente, ellos mismos se encargarán de que perdure en el tiempo. Si no es así, es que sencillamente no interesa y, por tanto, no hay porqué gastar ni un céntimo de dinero público en ello. Esta es otra forma de despilfarro de las muchas que conocemos en España.
Por eso, aquellos que se ponen como locos cuando les suprimen algún evento o les hacen pagar por él, deberían saber lo que les cuesta en realidad mantenerlo. Entonces veríamos si les interesa de verdad o si prefieren mejor otras prioridades, como una buena sanidad, una buena educación, etc, etc.

lunes, 6 de enero de 2014

Alimentando un modelo podrido

Comienza un nuevo año y algunos quieren vendernos que será el de la recuperación. Yo sin embargo soy abiertamente escéptico sobre la posibilidad de que España mejore en un futuro próximo. Y no me refiero a que se acabe lo que erróneamente llaman crisis, sino a que se produzcan cambios de fondo más allá de modas y coyunturas. Puede que un día de estos el dinero vuelva a fluir, pero eso no arreglará los defectos de base. Más bien al contrario, creo que los volverá a potenciar, como ya ocurrió en el pasado.


Una de nuestras muchas lacras es el paupérrimo panorama laboral, del cual, como es costumbre, culpamos a otros. Somos maestros de ver la paja en el ojo ajeno y no ver la viga en el propio. Y si no respondedme a estas preguntas:

¿Quién es culpable de que no haya oportunidades si somos incapaces de generarlas?

Nadie tiene la obligación de servírnoslas en bandeja, señores. Y es que somos un país con una deficiente capacidad empresarial y comercial. En parte, por la humillante normativa que castiga a todo el que se establece por cuenta propia, y en parte, por nuestra brutal carencia de iniciativa y formación. Vivo en un lugar en el que la gente no considera el trabajar por cuenta ajena como la única opción, ni ve en el funcionariado un ideal de vida. Se dice que en Alemania hay más oportunidades como si hubiesen llovido del cielo, pero las hay únicamente porque las han creado y conservado. Aquí el que sabe hacer algo se lo monta por su cuenta, no espera a que venga nadie a darle limosna. Nuestra total inoperancia, por el contrario, hace de España un país de saldo. Oleadas de oportunistas extranjeros están comprando ahora mismo una empresa tras otra a precio de ganga. La lista es interminable. Y nosotros encantados, oiga. ¡Qué se compliquen otros haciendo números! Luego, cuando les convenga llevarse esos puestos de trabajo a otro sitio, diremos que son unos cabrones desalmados. ¡Tiene huevos!

¿Quién es culpable de que la dichosa "marca España" esté devaluada si no sabemos venderla?

De las decenas de ejemplos que existen, voy a escoger hoy uno clamoroso: el caso del aceite de oliva. España, el mayor productor mundial, debería ser inmediatamente relacionada con ese producto en cualquier punto del planeta. Con la sola mención de la palabra 'aceite', a cualquier persona se le tendría que venir a la mente España ipso facto, y viceversa. Sin embargo, no es así. ¿Porqué? Pues, entre otras cosas, porque vendemos la mitad de nuestra producción a granel a Italia, quienes lo embotellan, le ponen una etiqueta en italiano y lo venden a precio de oro por todo el mundo como si fuera suyo —por ejemplo en mi tienda más próxima a 8-9€ el litro, cuando no más caro—. Resultado: el consumidor asocia aceite de oliva y calidad con Italia, no con España. Claro, con nuestra marca nos interesa más asociar toros y flamenco. Eso sí que nos va a dar la gloria, vamos.

¿Quién es culpable de que el único modo de tener trabajo sea por enchufe si todos hacemos uso de él?

Vengo de pasarme en el paro buena parte de 2013. Durante varios meses, me desgañité sin éxito por conseguir un trabajo en un país donde abundan. Mientras tanto veía cómo en España, un país desolado por el desempleo, determinada gente conseguía nuevos trabajos con una facilidad asombrosa, sin despeinarse. Curiosamente, esos puestos nunca están a la vista del gran público, sino que parecen creados ex profeso para alguien —el cuñado de un primo que conoce a un amigo, ya sabéis—. Con todo el descaro, esas mismas personas critican situaciones semejantes cuando son otros quienes lo hacen. Pero, ay amigo, cuando son ellos todo vale. Esta es exactamente la misma hipocresía que nos caracteriza ante la corrupción y las injusticias con las que convivimos. Hablar es gratis y es muy fácil quejarse del enchufismo, de la corrupción o de lo que sea. Pero luego, cuando nosotros podemos sacar tajada, lo hacemos, así que somos tan responsables de este podrido sistema como lo son otros más poderosos.

En resumen: nuevo año, mismas prácticas nefastas. Pautas de comportamiento como estas, que nos han traído a este despeñadero, persisten y persistirán, de modo que no puedo augurar resultados mejores para los años venideros. Ojalá me equivoque. Entretanto, una cosa es segura. Muchos hemos pasado otra Navidad lejos de casa, y no tengo motivos para pensar que sea la útima...

"A nadie le va mal durante mucho tiempo sin que él mismo tenga la culpa."
Michel Eyquem de Montaigne

sábado, 28 de septiembre de 2013

Sobrevivir al fracaso

Tras las innumerables vueltas y revueltas de los últimos meses, vuelvo a tener un empleo. No quiere decir esto que haya salido del atolladero. Primero, porque he perdido en varios aspectos con respecto a mi anterior trabajo. Segundo, porque no tengo más remedio que quedarme en Alemania, y la deseada vuelta a casa sigue siendo una utopía. No obstante, he decidido comentar algunas acciones que me han servido para reconducir —aunque solo sea levemente— la situación. Porque, en la vida, hay momentos para avanzar a toda vela y otros en los que toca aguantar el chaparrón minimizando los daños del navío.

Siempre es duro sobreponerse a un fracaso y, desde luego, yo no poseo una fórmula mágica para ello. Sin embargo, una cosa tengo clara: difícilmente puedo resolver un problema negando su existencia. Por eso, creo que se debe comenzar llamándole a las cosas por su nombre. Hay que dejarse de chorradas y asumir la realidad: HE FRACASADO. Punto. De lo contrario me estoy engañando.

A continuación toca reflexionar profunda y serenamente sobre los factores que han provocado ese desenlace. Y en este punto es necesaria una gran dósis de autocrítica. Naturalmente que existen causas externas que no he podido controlar, pero es imprescindible identificar y reconocer mis propios errores.

Es entonces cuando puedo corregir aquello que he hecho mal. En este sentido, yo he procurado trabajar sobre mis 3 "pecados capitales", los cuales fueron objeto de sendas entradas en este blog:
  1. El idioma. Es temerario, a la par que ingenuo, creer que se puede desarrollar una vida plena en un país desconociendo su lengua. He intentado subsanar este error garrafal mejorando mi nivel de alemán y, si alguien duda de que este es un factor decisivo, le diré una cosa: SOLAMENTE me llegaron ofertas cuando convencí a las empresas de que podía comunicarme en su idioma.
  2. Las apariencias. La imagen que las empresas venden de sí mismas raras veces se corresponde con la realidad. A estas alturas, he experimentado lo suficiente para saber que TODAS son iguales. Uno no sabe dónde se mete hasta que está dentro, y Alemania no es diferente en eso. Dentro de lo posible, esta vez he tratado de juzgar con mayor objetividad las alternativas que se me presentaban. Aún así, no puede decirse que mi elección sea muy diferente de los sitios que he conocido antes.
  3. La especialización. El arma de doble filo. Centrarme en un campo muy específico me cerró casi todas las puertas cuando este se vino abajo. He tenido bastante claro qué línea(s) seguir para vencer este obstáculo, pero el proceso de reciclaje no está siendo fácil y, por ahora, solo lo he conseguido parcialmente. Me queda mucho que pelear, pero es un comienzo.
Con estas labores de "desescombro" he comenzado a corregir mis principales errores, pero ninguno de ellos está plenamente subsanado. Mi balance personal es que, de momento, he conseguido sobrevivir a este fracaso —que no es poco—, aunque no está superado todavía. Son varias las circunstancias que me mantienen al borde del abismo —entre otras, que volveré a visitar la agencia de empleo más pronto que tarde—, así que no puedo considerar satisfactorio el statu quo. 

Empleando un símil futbolero, digamos que la situación actual se asemeja a una racha de empates consecutivos. Si a continuación llega otra derrota, los empates no valdrán nada. Pero si lo que llega es una victoria, estos empates cobrarán valor y se verán como el inicio de la recuperación.

viernes, 30 de agosto de 2013

La destrucción como pasatiempo

Actuar correctamente incluso cuando nadie te ve. No es esta su definición oficial, pero así me gusta a mí describir lo que es el civismo —transformando ligeramente una célebre frase de Henry Ford—. Comoquiera que la definamos, es indudable que esa virtud —la carencia de ella— explica muchos porqués de nuestra situación actual. Ya lo mencioné en su día al explicar porqué España nunca será como Alemania, y no pasa un día sin que los hechos demuestren la clase de país que somos.
"Un país habrá llegado al máximo de su civismo cuando en él se puedan celebrar los partidos de fútbol sin árbitros."
- José Luis Coll -



El otro día, leyendo una entrada en el blog de Arabella —española afincada en el Reino Unido—, me vino de nuevo a la cabeza ese concepto de 'civismo'. El artículo hablaba de los objetos que están a la venta en la calle sin vigilancia alguna, con total confianza en que nadie se los llevará sin pagar. Cosas como esta nos causan gran sorpresa a los españoles —y latinos en general, me atrevo a añadir, lo cual es, sin duda, muy significativo. Con esa mentalidad, ¿quién puede extrañarse del número de ladrones que tenemos por metro cuadrado? Y es que todos llevamos dentro un pequeño ratero. Esos folios que te llevas de la oficina, ese medicamento que "trincas" con la cartilla del abuelo, esas facturas personales que te desgravas a través de una sociedad... ya sabes, lo típico.

Pero no solamente robando sabemos joder al prójimo. Que va. Tenemos un repertorio de lo más amplio y variado. Muchos de vosotros estaréis HASTA LOS HUEVOS, como yo, de ver mobiliario y espacios públicos destrozados, parques y jardines sembrados de mierda de perro o portales llenos de pintadas y meadas —cuando no cosas peores—. No hay que buscar muy a fondo para encontrar comportamientos incívicos.

En eso mismo pienso estos días al presenciar, como cada verano, la quema masiva de montes por parte de BASTARDOS HIJOS DE LA GRAN PUTA que destruyen nuestros recursos naturales y, de paso, atentan contra la vida de las personas. El ser un español en Alemania hace que la comparación entre ambos países me resulte siempre ineludible ante cualquier suceso. Sin haber estudiado el asunto, tenía la sensación de que aquí los incendios no son un problema tan grave. Pero para hablar con más rigor, decidí documentarme un poco. He aquí mis hallazgos:
  • En 2012 hubo en España cerca de 15.000 incendios, que quemaron prácticamente 200.000 ha (fuente: MAGRAMA). En ese mismo año se registraron en Alemania 701 incendios, y la superficie quemada fue de unas 270 ha (fuente: BLE). Es decir, en España se quemó una superficie 740 veces mayor que en Alemania. 
  • Claro, España es más grande y tiene más bosques, por lo que no sería justo comparar así a pelo. Por eso me informé sobre la proporción de masa forestal en ambos países. La superficie forestal de España supone más de la mitad del área total del país, mientras que en Alemania la relación no llega a un tercio. Además, España es un 40% más extensa que Alemania. Por tanto, nuestra superficie forestal total es 2,5 veces mayor (fuente: Eurostat). 
  • Conclusión: una superficie 2,5 veces mayor sufrió 740 veces más daños. O sea, que nuestro "índice de destrucción", por así llamarlo, fue 296 veces superior. Creo que el dato habla por sí solo.
Por otro lado, en un país tan propenso a estas agresiones caben muchas reflexiones al respecto. ¿Porqué no se pone al ejército en pleno a patrullar los montes para evitar los incendios? Enviarlos cuando la situación se va de las manos puede servir de ayuda, pero ahí el mal ya está hecho. ¿Porqué permanecen los montes en tal estado de abandono? ¿Porqué no se revalorizan y se les saca partido mediante una explotación sostenible que reporte beneficios económicos y ambientales? ¿Porqué países con mucha menos masa forestal que España sacan bastante más provecho de ella? ¿? ¿? ¿?

En fin, este es tan solo un ejemplo de los muchos que evidencian que, en España, se practica la destrucción como pasatiempo, con el inestimable "patrocinio" de nuestra justicia de pacotilla, claro está, que nada hace por meter en cintura a los delincuentes.

viernes, 26 de abril de 2013

Emigrar no es la solución

Hace unas cuantas entradas ya dejé caer que los acontecimientos ocurridos han cambiado notablemente mis puntos de vista sobre determinados asuntos. Con la perspectiva que dan el tiempo y las experiencias vividas, ya no creo que emigrar sea la mejor solución de futuro, ni la decisión más valiente. Y haber fallado en mi intento no es el motivo para cambiar de idea, hubiese llegado a la misma conclusión antes o después. El fracaso solo me ha abierto los ojos más deprisa.
"Si buscas resultados distintos, no hagas siempre lo mismo."
- Albert Einstein -


En el pasado, los nuestros han salido de España en momentos en que estaba más que justificado. Era una obligación si no querías morirte de hambre. Pero creo que la emigración de hoy en día es muy diferente. La sociedad actual es cada vez más egoísta y ambiciosa. No nos conformamos con nada, todo lo que tenemos es poco, siempre queremos más y lo queremos cuanto antes. Por eso nos vamos buscando reconocimiento, prestigio, plan de carrera, ganar más dinero... con la justificación de que en nuestro país no hay nada decente.

Por supuesto, no solo es legítimo sino comprensible también. Lo que yo me pregunto es, ¿qué pasaría si todo ese talento exportado lo aprovechásemos nosotros mismos? ¿Habéis pensado en el futuro que tiene un país como España, en el que más de la mitad de los jóvenes no tiene trabajo y el resto decide largarse? La respuesta es obvia: ninguno.

Los que hemos optado por irnos hemos oído a menudo cosas del tipo: "¡qué huevos tienes!" o "¡hay que tenerlos cuadrados!".

No estoy de acuerdo.

Valiente es el que se queda en su pueblo peleando día tras día para sacar adelante un pequeño negocio, con más pena que gloria, acuciado por la crisis y pisoteado por la dictadura infame de un sistema financiero que goza del mecenazgo político. Yo creo que lo más fácil en una situación como esta es abandonar el barco, no quedarse.

Sin embargo, si cuando vienen mal dadas nos marchamos a las primeras de cambio, nos estamos haciendo un flaco favor a la larga. Si todo nuestro talento se pone al servicio de otros, serán siempre otros los que se beneficien, mientras que nuestro país seguirá sumiéndose en su propia inmundicia. Así jamás tendremos la opción de cambiar nuestra realidad, no llegará el día en que tengamos alternativas decentes para quedarnos en vez de emigrar. No basta con protestar y pedir un país digno al que regresar. Si es eso lo que queremos de verdad, tenemos que luchar por ello, no largarnos dejando el camino expedito a los gusanos que lo destruyen.

ESE CAMBIO DEBEMOS HACERLO NOSOTROS. Nadie más lo hará. En lugar de salir corriendo a trabajar para empresas foráneas que nos saquen de un país sin futuro, tenemos que luchar por un futuro en nuestro país. Necesitamos crear valor añadido, atrevernos a hacer cosas que aporten riqueza a largo plazo, que sean soluciones de futuro y no parches temporales, no agarrarnos a la primera anodina oposición que aparezca solo movidos por el afán de lograr una plaza de por vida, apartarnos de actividades especulativas y facilonas que solo llenan los bolsillos ya rebosantes de unos pocos, renunciar a ser un simple país de bares, turismo y servicios... Toda esa mierda ha demostrado ser pan para hoy y hambre para mañana. Puede que a ti te resuelvan la vida por un periodo de tiempo, pero tus hijos volverán a verse obligados a emigrar y a alejarse de sus raíces.

Conocimiento y esfuerzo. Ese es el único camino.

El que aún no haya abierto los ojos que le eche un vistazo a los datos de desempleo. Las zonas de turismo y ladrillo rondan o superan con creces el 30% de paro, en contraposición a las que viven de industria y tecnología. Hace tiempo que el País Vasco es el ejemplo más evidente de esto, un modelo a seguir para toda España con su tejido industrial y su dedicación al I+D.

Para revertir la situación debemos, en primer lugar, formarnos. Formarnos muy bien, desde muy pronto, como hacen en los países avanzados. Y sí, parte de esa formación debería hacerse en el extranjero durante un tiempo. Todos deberíamos hacerlo a modo de aprendizaje, para abrir nuestra mente y adquirir nuevas ideas. Pero solo temporalmente. Tendríamos que absorber lo mejor de esos sitios y luego volver para aplicarlo en nuestros lugares de origen. Eso nos haría crecer. El problema es que ahora lo hacemos justo al contrario. Trasladamos todo nuestro potencial al extranjero, donde son otros quienes lo aprovechan. Así se retroalimenta este círculo vicioso. 

Luego, una vez formados (aunque ese debe ser un proceso sin fin), debemos poner en práctica lo que sabemos. Pero no solamente dando lo mejor de uno mismo para terceros, sino también creando recursos por cuenta propia. Debemos cooperar, asociarnos y complementarnos para sacar adelante proyectos que rompan esta tendencia y generen valor. Así convertiríamos el círculo en virtuoso.

Es evidente que la paupérrima legislación existente no ayuda nada, pero creo que nos falta iniciativa y cultura de emprendimiento. La tendencia ha ido cambiando en los últimos años (más por necesidad que por convicción) pero, en general, cuando el empleo escasea cerca nos vamos lejos a buscarlo. Preferimos desplazarnos para seguir trabajando por cuenta ajena que quedarnos e intentar levantar algo propio. Nos resulta más cómodo trabajar para otros y que sean ellos los que se rompan la cabeza. Pensamos incluso que es una opción "más segura" que arriesgarse a montar un negocio, aunque no siempre es así.

No pretendo ir de listillo, yo soy tan culpable como el que más. Pero, una vez abiertos los ojos, no voy a resignarme sin pelear. Y cada uno pelea como puede. Las movilizaciones son una manera de hacerlo, pero hay otras que pueden ser efectivas, aun siendo más silenciosas. Por eso espero volver tan pronto me sea posible y poner mi granito de arena para cambiar la situación actual. Puede que acierte o puede que no, pero estaré infinitamente más orgulloso y satisfecho de lo poco o mucho que haga, porque lo estaré haciendo con los míos y para los míos. Y eso para mí vale más que el dinero y el plan de carrera.
"En la vida hay algo peor que el fracaso: el no haber intentado nada."
- Franklin D. Roosevelt -

jueves, 4 de abril de 2013

Por qué España nunca será como Alemania

Llevo ya unas cuantas entradas y no me he mostrado demasiado beligerante todavía. Con tanta estupidez que nos rodea (basta ver un informativo) ya me va pidiendo el cuerpo despacharme a gusto, así que voy a ponerle remedio.

Veréis, en medio de la que está cayendo, políticos y oportunistas (valga la redundancia) nos venden a diario las bondades del modelo tal o la reforma cual, que inminentemente va a ser implantada en nuestro país. Gran parte de esas medidas tratan de copiar las existentes en Alemania, actual ejemplo a seguir para todo, por lo visto. En el cénit del paroxismo, ha llegado alguno de estos especuladores iluminados a decir que España será la próxima Alemania.

Yo no entiendo de macroeconomía (ni quiero), no sé lo que pueden o no conseguir las reformas pero, conociendo ambos países, sé que eso no ocurrirá jamás. Al margen de lo buenas o malas que puedan ser las medidas, se olvidan de algo más importante que todo eso: se necesita mucho más que decisiones políticas para cambiar la manera de ser de un pueblo. Y es que, como conjunto, en España somos un atajo de gilipollas.

Esta no es una generalización gratuita. Voy a explicar por qué.

Entre cualquier grupo de gente seleccionado al azar existirán siempre individuos de todo tipo y pelaje: más listos, más tontos, más guapos, más feos, más educados, más groseros... Naturalmente, muchas personas en España se distinguen (para bien) de la multitud.

Sin embargo, sostengo que la personalidad de un grupo se define por sus cualidades colectivas, no por sus individualidades. Es lo mismo que ocurre en un equipo; la suma total no coincide con la suma de los individuos. Y la grandeza de un buen equipo está en lograr que esa suma global sea superior a lo que sumarían sus integrantes por separado. 

Justo ahí radica el quid de la cuestión.

Nosotros no seremos como Alemania porque no tenemos su cultura, ni su mentalidad ni su idiosincrasia. Nos "educamos" desde pequeños para salir adelante con el mínimo esfuerzo y sin complicarnos. Es un héroe aquel capaz de vivir a cuerpo de rey sin pegar un palo al agua en toda su vida. Robos, estafas, contubernios, desfalcos... Los pelotazos más variopintos se suceden impunemente en todos los ámbitos y estratos sociales.

Se dice que la clase política está podrida porque los casos de corrupción se multiplican. Pero no es la clase política la que apesta, sino toda la sociedad. Los políticos no son más que una muestra representativa de ella. No son más corruptos que los demás, solo tienen más oportunidades de robar. En nuestro país, el que no roba es porque no puede, y cada cual roba en la medida de sus posibilidades. Si lo único que podemos llevarnos son folios y bolígrafos de la empresa, pues lo hacemos. Pero el que tiene acceso a algo más valioso, se lo lleva también.

No paramos de criticar a los corruptos pero, ¿hacemos algo al respecto? Si tanto nos repulsa, ¿cómo es que siguen siempre dirigiéndonos los mismos sinvergüenzas? Repito, algunos individuos sí tratan de cambiar las cosas, pero es el conjunto el que nos define. ¿O acaso no es la mayoría la que decide?

Consentimos cosas que jamás se consentirían en otros lugares, y eso nos hace cómplices. Por eso, cada uno está donde se merece como grupo. Alemania, España o cualquier otro. La explicación está en la inteligencia colectiva.

No tenemos respeto por nada ni por nadie. Todo se destroza, ya sea público o privado, en montes, playas o ciudades, sin temor a que ninguna autoridad pueda impedirlo. Y ninguno de nuestros mediocres políticos se atreverá jamás a tomar el toro por los cuernos e imponer orden. Se arriesgarían a perder un puñado de votos con ello, pues nos rasgamos las vestiduras inmediatamente con gran hipocresía si alguien se sale del guion. Que va. Preferimos que hagan lo que más nos gusta: mostrar su gran "corrección política" mediante mamarrachadas del tipo «ciudadanos y ciudadanas» o «alumnos y alumnas». ¡Vaya un ejemplo! Personajes que viven (supuestamente) de la palabra y ni siquiera saben usarla con propiedad. ¡Hay que ser analfabeto! Pero da igual, ellos a lo suyo oiga, no vaya a ser que los tomemos por unos machistas del lenguaje y les cueste cuatro votos.

La misma línea seguimos con el grandioso invento de las autonomías. Carecemos de identidad nacional, llamamos fachas opresores a quienes afirman ser españoles. Necesitamos ganar un mundial de fútbol para ser "español, español, español" (¿cantaremos lo mismo cuando no ganemos...?). Consideramos un paria al que ondea la bandera española en lugar de las respectivas banderitas regionales (costumbre tan propia de nuestros adorados deportistas, a los que les reímos la gracia). Cualquier peinarratas miserable se mea por encima de España y campa a sus anchas sin más ideología que la de llenarse los bolsillos, embaucar a masas de mentecatos ignorantes y exacerbar el odio, todo ello amparándose en su seudodemocracia de conveniencia y en la permisividad de todos. ¿Quién coño va a respetarnos si no lo hacemos nosotros mismos?

Nos la suda el bien común. Somos egoístas por naturaleza. Si algo nos perjudica decimos que es injusto y solo es justo cuando nos beneficia. Somos incapaces de aceptar solidariamente una desventaja en aras del beneficio general. 

No queremos oir hablar de sacrificio, nos gusta ir a lo fácil. En lugar de invertir en conocimiento, industria, tecnología o educación, lo hacemos en burbujas inmobiliarias, turismo y servicios. Es mucho más sencillo darle paella y sangría a los turistas que desarrollar y fabricar un producto tecnológico, por ejemplo. Lo triste es que tenemos capacidad para ello, simplemente no nos interesa complicarnos. Así conseguimos un país de pandereta, atractivo para turistas borrachos que se tiran de los balcones y dejan sus vómitos en cada esquina.

En vez de crear nuestros propios recursos empresariales, esperamos que vengan firmas extranjeras que nos den trabajo. Así, cuando dejan de compensarles las indecentes ventajas que les brindamos por permanecer allí, se largan y dejan un reguero de trabajadores en desempleo. ¡Y encima nos quejamos! 

Y que no falten fútbol y toros, todo lo demás es prescindible. No habrá para comer, pero esos abonos se pagan por cojones. Porque los cristianos y messis de turno nos van a resolver la vida. Si los descerebrados que se pegan y matan por ellos volcaran ese ímpetu en cosas edificantes seríamos potencia mundial.

Resumiendo: tenemos exactamente lo que nos merecemos.

Mirad, no estoy diciendo que solo tengamos defectos. Tenemos muchas virtudes. Pero si queremos mejorar deberíamos reflexionar seriamente sobre lo que acabo de decir. Si uno no sabe ser autocrítico difícilmente evoluciona. Y no digo tampoco que Alemania sea ejemplar en todo (ya le daré lo suyo cuando toque). No se trata de ser como ellos, porque ni podemos ni debemos, pero sí nos convendría contagiarnos de ciertas cualidades.

Si hay unos valores que admiro profundamente de esta gente, esos son, sin duda alguna, su perseverancia, su capacidad de sacrificio, su cultura del esfuerzo y su respeto por todas las cosas. Es envidiable cómo los jóvenes respetan a los mayores y cómo se protege el entorno y el bien común. Se EDUCAN desde pequeñitos en que la vida es más que holgazanear y hacerse rico sin pegar golpe. Aprenden a salir adelante mediante el trabajo duro y no esperando golpes de suerte ni especulando. Se acostumbran a tener responsabilidades y ser independientes desde muy temprano. Crean valor añadido con lo que emprenden. Etc, etc, etc. 

Alemania perdió dos guerras mundiales en el siglo XX, quedando devastada y fracturada, y dos veces se levantó a base de esfuerzo para volver a ser la primera potencia induscutible en el continente. ¿Eso no nos dice nada?

En fin, ahora que tanto se empeñan algunos en copiar a Alemania en muchas cosas, he aquí algo que sí nos convendría importar. Mucho más que sus productos tecnológicos o sus modelos de reformas...

viernes, 22 de marzo de 2013

3 "consejos" para fracasar en Alemania (y III)

Para cerrar esta serie voy a hablaros del segundo obstáculo principal que me impide encontrar trabajo actualmente: la especialización extrema.




Siempre que se habla de tecnología e industria es inevitable que Alemania salga a la palestra. La manida frase "con tecnología alemana" adorna las promociones de no pocos artilugios mecánicos, electrónicos, etc. Parece que esa frase por sí sola hace mejor a cualquier producto. Ya puede tratarse del objeto que sea.

"Ah, si es alemán es bueno", pensamos.

Todos tenemos un gran concepto de este país en ese aspecto. Merecido, por otra parte.

Sin embargo, esa reputación bien ganada mediante el esfuerzo y trabajo de muchos especialistas en los más diversos campos tiene un lado oscuro. Un arma de doble filo que puede volverse contra ti si no juegas bien tus cartas, como me pasó a mí.

El alemán es un mercado laboral extremadamente especializado. Para desarrollar los avanzados productos tecnológicos que aquí se fabrican, es necesario contar con gente fuertemente especializada en parcelas muy concretas. Eso está muy bien, claro. Tener grandes especialistas en cada campo brinda una ventaja competitiva sobre los demás. Pero la trampa que esconde sale a la luz en el momento en que el chiringuito se viene abajo.

Es decir, el salto de calidad que te da profesionalmente tu especialización en un área es muy interesante. Pero eso sí, procura no hacerlo en un área equivocada. Escoge una que ofrezca pocas expectativas (a priori) de derrumbarse. De lo contrario, cuando eso ocurra no valdrás nada. Si eres especialista dentro de algo que entra en crisis, lo primero que puede pasarte es perder tu trabajo, como en cualquier sitio. Pero además, eso significa que no encontrarás otro en tu mismo sector, ya que está en crisis y no hay opciones.

Entonces debes buscarte la vida en otro sector en el que no eres especialista. Y claro, por este motivo, resulta que ahí tampoco tienes opciones, aunque poseas ciertos conocimientos del mismo. Aquí no te pagan por enseñarte, quieren resultados desde el principio. Y la forma de conseguirlos es contratando especialistas. ¿Porqué van a contratarte a ti, que no lo eres, cuando hay otros en el mercado que sí lo son?

Consecuencia: un círculo vicioso del que no es fácil salir.

Yo me encuentro ahora mismo en esa situación. Y las expectativas de escapar a esta trampa son de momento inexistentes.

Puede discutirse si el tema que expliqué del idioma compite en importancia con este error. Sin embargo, considero este último mucho más imperdonable que aquel. NUNCA debí tomar este camino sabiendo como sabía que el sector se desmoronaba. Creí equivocadamente que aquí el impacto sería menor. Y además me convencí de que no sería tan difícil cambiar de palo si la cosa iba mal. Me equivoqué en todo.

También en otra cosa. En mi cabeza se había instalado la convicción de que mi experiencia en Alemania me revalorizaría si algún día quería volver a España. Pensé que podría ser más "deseado" por el hecho de tener experiencia internacional.

De eso nada. A las empresas españolas les resbala. Siguen queriendo lo de siempre, licenciados que hablen cuatro idiomas, tengan un porrón de conocimientos y años de experiencia y estén dispuestos a trabajar de 8:00 a 20:00 regalándole las horas extras que pidan por mil euritos pelados sin el menor plan de crecimiento profesional a la vista.

Eso si tienes suerte de encontrar algo, claro está. Desgraciadamente, la situación es tal, que ni siquiera encuentro una opción de ese tipo. Así que ya podéis imaginaros el panorama.

Esta lamentable situación es fruto de los errores comentados (y otros que iré citando) junto con ciertos factores externos. El caso es que, entre unas cosas y otras, mi carrera se ha ido al tacho y tengo muy difícil recuperarla. ¿Quién iba a decirme que ese sería el resultado de emigrar a Alemania?

Por eso os aconsejo elegir cuidadosamente. Tened en cuenta las experiencias de otra gente que ha pasado por esto. Meditad muy seriamente la decisión atendiendo a todos los factores.

Y, si queréis aceptar un último consejo adicional, no emigréis a la aventura. No le recomiendo a nadie irse a otro país sin un contrato de trabajo. Hay muchos casos así. Gente que ha salido pensando que total, en España no hay nada, y que ya encontrarán algo por ahí. Algunos de ellos tienen que malvivir y pedir ayudas, que no siempre se le conceden (aquí el que no produce no es bienvenido). Otros con algo más de suerte, van tirando con lo que ganan en los trabajos más precarios.

Ya sé que España está muy jodida y no da ni para eso pero, ¿es lo que queréis hacer de verdad? ¿Y encima lejos de casa, pasando frío y penurias? Pensadlo muy bien.

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3 "consejos" para fracasar en Alemania (I)
3 "consejos" para fracasar en Alemania (II)

viernes, 15 de marzo de 2013

3 "consejos" para fracasar en Alemania (II)

En la segunda entrega de esta serie comenzada hace una semana, hablaré de lo que yo llamo: la "fachada" de las empresas.


El asunto tiene que ver con el irremediable complejo de inferioridad español, que nos hace creer que todo lo de fuera es siempre mejor que lo propio, ya se trate de otro país, de otra empresa o de la casa del vecino.

Rotundamente falso.

Uno se sorprende al ver la cantidad de cosas que son mejores en España (y no hablo sólo de cosas como la comida; ¡ahí no hay discusión!).

Ese engaño monumental al que han dado en llamar crisis se deja sentir por todas partes, no solamente en España. Y sí, señores, aunque no lo crean, en Alemania las empresas también tienen dificultades, despiden a sus empleados, hacen ERE's, se declaran insolventes y echan el cerrojo. Conozco un buen número de casos aparte del mío.

Como ya mencioné en la presentación del blog, las historias que nos venden han contribuido a tergiversar la realidad en gran medida. Es cierto que a mucha gente le va de fábula en el extranjero, pero a otra tanta (o más) le va de pena. Como en España. Como en todas partes. No es justo contar sólo una parte de la historia, la parte bonita. Puede que no venda tanto la experiencia de aquellos que han acabado (literalmente) pidiendo, no han conseguido un trabajo acorde a su cualificación o simplemente han tenido que volverse porque se les ha acabado el dinero. Pero eso también es parte del juego. Y con esa visión sesgada se ha distorsionado la realidad de los hechos confundiendo a mucha gente, entre la que me incluyo (al menos parcialmente).

A ver, ni siquiera yo soy tan pardillo como para pensar que al llegar me estaría esperando una alfombra roja, una casita en el campo y un Mercedes. No. Pero sí te haces, al abrigo de esas historias, falsas expectativas del nivel (y sobre todo la calidad) de vida que tendrás. Como os digo, nuestros ancestrales complejos hacen que esas ideas cuajen fácilmente en España.

Por ello, este sentimiento de anhelo que acabo de describir en relación a la vida en general, se traslada igualmente a lo profesional. ¿Quién de nosotros no sueña con trabajar en un sitio donde te valoran, te permiten conciliar tu vida personal y laboral y te ofrecen un plan de carrera excelente?

Esto hace que resulte muy fácil dejarse cautivar por la imagen que transmiten las compañías alemanas. Es un aspecto que aquí se cuida muchísimo y hace que las empresas tengan mucha "fachada". Les gusta proyectar una imagen de lugar agradable para trabajar y se gastan mucho dinero en fomentarla. Compiten entre ellas para ver quién posee las instalaciones más lujosas y los mejores servicios. Ya desde la primera entrevista te ofrecerán con cortesía algo de beber y unas pastitas, te encandilarán con el halo de grandeza que emana su idílico entorno, te mostrarán las comodidades de las que gozarás como empleado, etc.

En pocas palabras: harán que desees trabajar allí.

Claro, esto viniendo de España resulta muy llamativo. Acostumbrados a ser poco más que ganado y deberle a la empresa el favor de darnos trabajo, ese nuevo mundo te crea la sensación de que estás ante una organización extraordinaria y que ese es el tipo de trato y consideración que quieres recibir de tu empleador. Pero cuando estás aquí un tiempo te das cuenta de que no hay nada extraordinario en ello, sino que es exactamente lo que hacen todos. Y, todos, quiere decir tanto las buenas como las malas empresas. Con lo cual ese factor no debe tenerse en cuenta para optar por una u otra, o puedes llevarte sorpresas desagradables cuando traspases la gruesa fachada y conozcas el percal desde dentro.

¡No os dejéis deslumbrar!

Yo aún recuerdo perfectamente cómo le contaba a mis amigos la experiencia cuando vine a mi primera entrevista. Volví a España extasiado y así se lo hice saber a todos hablándoles de las maravillas que había contemplado.

Al poco tiempo de empezar comprendí mi error. Demasiado tarde.

Lee también:
3 "consejos" para fracasar en Alemania (I)
3 "consejos" para fracasar en Alemania (y III)

viernes, 8 de marzo de 2013

3 "consejos" para fracasar en Alemania (I)

Cuando nos pasa algo malo (como quedarnos en paro), una de las preguntas que suelen venirnos a la cabeza es: ¿pero qué he hecho yo para merecer esto? Para responderla tendemos primero a buscar culpas externas, lo cual es legítimo además de cierto en gran medida. Despotricamos de que la empresa es tal o la empresa es cual, que la crisis tiene la culpa, que yo no merecía esto, etc, etc. Sin embargo, a menudo olvidamos la parte de responsabilidad que nos toca en el suceso.

Algo habremos hecho mal para vernos envueltos en tal calamidad. ¿O no?

Como anuncié en la presentación del blog, quiero ser crítico con muchas cosas. Pero considero que, para ganarse el derecho a criticar algo, primero debes criticarte a ti mismo. Por eso quiero empezar, con esta entrada, una serie titulada "3 consejos para fracasar en Alemania", donde describiré las principales equivocaciones que yo cometí para meterme en este hoyo.

En la lista de errores que me atribuyo, el primero tiene que ver con el idioma, un tema absolutamente crucial.


Antes de venir, yo tenía un gran concepto de los alemanes en este sentido. Las estadísticas reflejan claramente que el nivel medio de inglés en Alemania es bastante superior al de España, algo que por otra parte coincide con el sentir general. Precisamente por eso, me creí inocentemente que con mi buen nivel de inglés podría hacer una vida normal a pesar de no hablar nada de alemán cuando llegué. ¡CRASO ERROR!

Venir a Alemania sin hablar alemán aumenta tus probabilidades de fracaso enormemente. Y no por casualidad subrayo el verbo 'hablar', porque entre 'saber' alemán y 'hablar' alemán hay una diferencia notable (los que habéis pasado por ello me entenderéis). Puedes saberte un montón de palabras a base de chapar vocabulario, incluso ser capaz de juntar dos o tres en una misma frase. Pero de ahí a HABLAR va un mundo. Y no te cuento para entender lo que ellos te dicen, especialmente en según qué zonas... Incluso un nivel medio de alemán no es suficiente en muchas situaciones, pero ya si tu nivel es bajo o nulo, date por jodido.

En este aspecto, el alemán es muy distinto de otras lenguas en las que, tan pronto te aprendes una palabra, estás en disposición de usarla (p. ej. el inglés). Aquí no basta con saberse una palabra para poder utilizarla. Debes saberte también sus declinaciones, plural, género (que no siempre es tan obvio como imaginas)... o de lo contrario serás incapaz de colocarla con sentido en una frase.

Sinceramente, he de admitir que infravaloré la dificultad de este idioma (o sobrevaloré mi capacidad, no lo tengo claro...). Siempre se me han dado bien los idiomas, así que supuse que este sería uno más. Pero no fue así exactamente.

La fama de difícil que tiene el alemán no es gratuita. Sus palabras infinitas rebosando consonantes por los cuatro costados, sus declinaciones o sus 8 vocales en vez de 5 tienen parte de culpa. Pero si tengo que elegir lo que más me irrita de esta lengua, diría que es su exceso de arbitrariedad y falta de lógica, algo de lo que te percatas cuando empiezas a profundizar en su aprendizaje. Recuerdo que esto me llamó mucho la atención, porque no concuerda con el carácter pragmático que se le presupone a sus hablantes. Tal obstáculo se pone de manifiesto, por ejemplo, al asignar el lugar correcto a cada palabra según de qué oración se trate y la función que en ella cumple dicho vocabloAdemás, cada regla presenta más excepciones que ejemplos.

Por estas y otras razones, el sistema resulta caótico y genera verdaderos dolores de cabeza. Y el desacuerdo existente entre los propios nativos a la hora de dar una explicación coherente al respecto, tiene efectos dramáticos en la moral del que está aprendiendo. Muchos hablan el alemán "por sensaciones", o sea, no saben decirte porqué es así, sólo saben que así suena bien y por eso debe ser correcto (¿?).

¡Mátame camión!

Para más pruebas de los infames e intrincados recovecos de esta lengua, quiero remitiros al ensayo que Mark Twain le dedicó hace más de un siglo, tras arduos esfuerzos por comprenderla. Se titula "El horrible idioma alemán" (aquí lo encontraréis traducido al español) y merece la pena leerlo hasta el final. Sencillamente genial.

En resumidas cuentas, lo que quiero transmitir con todo esto es que es muy, pero que muy recomendable, llegar aquí hablando alemán. Tendrás una cantidad de terreno ganado bestial. De lo contrario, te estrellarás contra un muro en cualquier cosa que trates de hacer, hasta lo más sencillo y cotidiano.

Ten en cuenta que, el ciudadano alemán medio puede dominar mejor el inglés de lo que lo hace el español medio, pero a la vez siente mucho más orgullo de su lengua y de su país. Esto lo demuestran muchas empresas demandando un alto dominio del alemán, muy superior al "nivel medio", incluso para optar a puestos que no exigen necesariamente habilidades lingüísticas.

Curiosamente este no fue mi caso, ya que me contrataron a pesar de advertirles de mi completo analfabetismo en su lengua. Quizá por eso, cometí este error. Conseguir el trabajo sin hablar alemán me hizo pensar que ese era un tema secundario y menor.

"Ya lo iré aprendiendo", me decía a mí mismo.

No podía estar más equivocado.

Esto me causó desde el primer día serias dificultades a pesar de contar con el inglés para sobrevivir. Pero es que además, seguí agravando el error al no medir bien la importancia del factor idioma. Debido a múltiples circunstancias que escaparon a mi control no tuve la dedicación necesaria para hablarlo bien, lo cual se ha terminado convirtiendo en una poderosa arma en mi contra.

Estudié muy poco alemán desde que llegué, lo que sé es fundamentalmente por inmersión (escuchar, leer, hablar, escribir...). Y puedo decir que, aun con cantidad de errores, me defiendo con cierto decoro en un buen número de contextos (incluso a veces sorprendentemente mejor de lo que creo). Sin embargo, los hechos demuestran que no es suficiente. Y por eso, me avergüenza reconocer que tras dos años viviendo aquí, mi nivel de alemán representa el mayor de los obstáculos para encontrar trabajo.

¡No cometáis el mismo error!
"Una persona inteligente puede aprender inglés (excepto gramática y pronunciación) en treinta horas, francés en treinta días y alemán en treinta años. Queda en las manos de quienes podrían, enderezar y reparar la tercera lengua mencionada. En caso de que así permanezca, debería ser presentada, amable y respetuosamente, como una de las lenguas muertas, pues sólo los muertos tienen suficiente tiempo para aprenderla."

- Mark Twain -
¿Has tenido experiencias en este sentido? ¿Destacarías otras dificultades del alemán?

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3 "consejos" para fracasar en Alemania (II)
3 "consejos" para fracasar en Alemania (y III)

viernes, 1 de marzo de 2013

¿Porqué este blog?

Parte de la respuesta reside en la siguiente cita:
"El éxito tiene muchos padres, el fracaso es un huérfano."
- John F. Kennedy -
JFK pronunció estas palabras para asumir la responsabilidad tras su fiasco en Bahía de Cochinos. Ahora servirán para inspirar la primera entrada de este blog, que comienza justo el día en el que he pasado oficialmente a engordar las escuálidas cifras del paro alemán.


Nos hemos acostumbrado a ver en la tele esos programas que tanto han proliferado en los últimos tiempos, los cuales obedecen en su mayoría a nombres del tipo "x por el mundo", donde x equivale a españoles, gallegos, madrileños, andaluces... En ellos suelen mostrarse las vidas extraordinarias de gente emigrada a países maravillosos donde todo es sensacional, tienen una casa de ensueño, tres hijos, dos Mercedes y un largo etcétera de comodidades, por citar sólo algunas cosas. Es inevitable, está en la naturaleza de las personas el exhibirse ante los demás para mostrar sus logros, y a los demás nos encanta escuchar obnubilados esos relatos de éxito que nos transportan a un mundo desconocido de fantasía, especialmente en estos tiempos que corren. Evidentemente, eso vende mucho más que mostrar a los que han corrido peor suerte y, por un motivo u otro, la experiencia les ha salido "rana". No es casualidad que una búsqueda en Google del término "fracaso" arroje aproximadamente 30.000.000 de resultados, mientras que el término "éxito" nos da casi cinco veces más, 149.000.000 nada menos. El fracaso es pues, ese gran despreciado del que nadie quiere saber nada.

Provengo de un lugar fuertemente ligado a la emigración históricamente. Allí es habitual encontrarse con ese estereotipo de emigrante al que le ha ido de cine, se ha forjado un patrimonio inmenso y es envidiado admirado por todos mientras pasea por el pueblo su cochazo cuando vuelve en vacaciones. Por eso, muchos nos hicimos inconscientemente a la idea de que en eso consistía la emigración: irse a otro país, hacerse muy rico y volver para exhibirlo. Los programas televisivos antes mencionados han ahondado más si cabe en esa falsa creencia. Pero no todos cumplimos con ese paradigma de emigrante triunfador. Uno también puede fracasar en esa aventura, incluso en Alemania, tierra prometida y paraíso del empleo y del bienestar. Y eso también debe contarse, eso también debe saberse. De lo contrario serán más los que se lancen a la aventura alegremente, ignorando la verdadera realidad hasta que se dan de bruces con ella.

Entre los pocos que han contado esta cara oscura están Jordi Évole y su equipo, que han firmado varios capítulos magistrales a este respecto en su programa "Salvados". En este sentido, destaco también algunos blogs, especialmente el de "Una Mamá Española en Alemania", con una genial y elegante ironía, el de "Pepe, Pepito, Pepa que viene Merkel. Trabajo cualificado en Alemania", que explica muy bien múltiples avatares a los que uno se enfrenta cuando decide venirse a Alemania y el de "Berlunes", que reparte asiduamente ácidas críticas a diestro y siniestro (además de ofrecer una interesante bolsa de trabajo). Todos ellos llevan mucho más tiempo contando "las verdades del barquero" y me han inspirado de una u otra manera, así que es de ley citarlos aquí. Si te estás planteando  emigrar, te recomiendo muy seriamente echarles un vistazo, así como también a este excelente artículo de Spaniards.es, el cual suscribo de principio a fin. Disculpadme aquellos a los que no hago mención, seguro que hay más pero estos son los que conozco por ahora.

Por todo lo dicho este blog pretende dar otra visión de las cosas, una perspectiva realista en la que el fracaso también existe. Y no sólo existe. Además no tiene porqué ser necesariamente algo negativo, sino uno de los mejores instrumentos de aprendizaje para el ser humano. De hecho, a mi me ha enseñado muchísimo. Ese es el motivo de haber escogido semejante título para el blog. Voy a ser crítico con muchas cosas, pero sobre todo autocrítico, práctica por desgracia poco frecuente en nuestra sociedad gobernada desde el principio del "y tú más". Esto, sin embargo, no implica que sólo vaya a hablar de fracaso, naturalmente. Dependerá del ánimo que tenga ese día, pero habrá sitio para hablar de lo bueno, de lo malo y de lo regular. Generalmente irá en relación con la emigración, aunque no descarto tocar otros palos también. Alemania es mi lugar de destierro, y por eso acaparará casi todos los focos, pero estoy convencido de que las historias son totalmente trasladables a otros paises. De ahí que considere este no como un blog de emigración a Alemania exclusivamente, sino más bien de emigración a secas.

Quiero dejar muy claro que no soy un experto en nada (mucho menos en blogs, así que perdón de antemano por los fallos que cometeré). Este blog no va de eso, no pretendo sentar cátedra. Aquí voy a dar simple y llanamente mi opinión (¡para eso es mi blog!) y contar mis experiencias, que no serán siempre coincidentes con las de otra gente, por supuesto. Así pues, no entraré en los típicos debates vacíos tipo "...pues yo conozco alemanes que son más salaos que muchos españoles...". Ya adelanto que muchas veces diré cosas que no gustarán; si buscas corrección política, este no es tu sitio. En caso contrario, si además de leer te apetece participar y comentar de forma constructiva, considérate bienvenido. Por último, salta a la vista que la apariencia del blog es muy sencilla (por no decir cutre). Ya he dicho que no soy un experto y, además, espero que lo importante sea el contenido. Le daremos un lavado de cara más adelante si procede.

Esta experiencia arranca sin muchas pretensiones. No me gusta prometer lo que no puedo cumplir. No sé cada cuánto escribiré (lo haré cuando me apetezca) ni hasta cuando (supongo que mientras tenga algo que decir y alguien que me lea). Sólo sé que de momento aquí empieza esto; ya veremos lo que da de sí.