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sábado, 18 de junio de 2016

Cosas que me enseñó la emigración


Todo tiene un principio y un final, y me temo que el de este blog ha llegado. Cuando empecé creí que este momento coincidiría con mi retorno a casa, lo cual, para bien o para mal, no se cumplirá. Aunque nunca he dejado de responder consultas, la larga temporada que llevo sin publicar me indica que es hora de cerrar el chiringuito. Las cosas, o se hacen bien o no se hacen. Me gusta escribir pero, hacerlo como yo quiero, exige un tiempo del que ahora no dispongo. Simple cuestión de prioridades.

Me despido con tres sensaciones que resumen tres años (y pico) de blog:


Satisfacción: Por lo mucho que me ha enseñado y enriquecido la emigración, a pesar de las dificultades. Entre otras muchas cosas, me ha permitido, por ejemplo:

Hacer un blog ;-)
Conocer nuevos idiomas, lugares, culturas, costumbres...
Abrir la mente a nuevas ideas.
Rectificar puntos de vista erróneos, pero también confirmar otros totalmente acertados.
Madurar personal y profesionalmente.
Juzgar con más objetividad los defectos y virtudes de mi sociedad y de otras sociedades, y comprender porqué, en general, cada una tiene lo que merece.

Rabia: Por tener que asistir impotente al esperpento que es España —donde la incompetencia se aplaude, se premia y se fomenta—, por tener que asumir que nunca cambiará y por tener que resignarme a estar lejos de casa para vivir con dignidad.

Y finalmente, si me lo permitís,

Orgullo: Por no deberle nada a nadie, por no contribuir hipócritamente a perpetuar nuestro asqueroso modelo español de servilismo, porque todo lo que tengo, mucho o poco, lo he conseguido por mí mismo y por haber sido capaz de sobreponerme a la difícil situación que dió origen a este blog.

"El fracaso es una gran oportunidad para empezar otra vez con más inteligencia."
Henry Ford

Gracias por la atención prestada y hasta la vista.

sábado, 28 de septiembre de 2013

Sobrevivir al fracaso

Tras las innumerables vueltas y revueltas de los últimos meses, vuelvo a tener un empleo. No quiere decir esto que haya salido del atolladero. Primero, porque he perdido en varios aspectos con respecto a mi anterior trabajo. Segundo, porque no tengo más remedio que quedarme en Alemania, y la deseada vuelta a casa sigue siendo una utopía. No obstante, he decidido comentar algunas acciones que me han servido para reconducir —aunque solo sea levemente— la situación. Porque, en la vida, hay momentos para avanzar a toda vela y otros en los que toca aguantar el chaparrón minimizando los daños del navío.

Siempre es duro sobreponerse a un fracaso y, desde luego, yo no poseo una fórmula mágica para ello. Sin embargo, una cosa tengo clara: difícilmente puedo resolver un problema negando su existencia. Por eso, creo que se debe comenzar llamándole a las cosas por su nombre. Hay que dejarse de chorradas y asumir la realidad: HE FRACASADO. Punto. De lo contrario me estoy engañando.

A continuación toca reflexionar profunda y serenamente sobre los factores que han provocado ese desenlace. Y en este punto es necesaria una gran dósis de autocrítica. Naturalmente que existen causas externas que no he podido controlar, pero es imprescindible identificar y reconocer mis propios errores.

Es entonces cuando puedo corregir aquello que he hecho mal. En este sentido, yo he procurado trabajar sobre mis 3 "pecados capitales", los cuales fueron objeto de sendas entradas en este blog:
  1. El idioma. Es temerario, a la par que ingenuo, creer que se puede desarrollar una vida plena en un país desconociendo su lengua. He intentado subsanar este error garrafal mejorando mi nivel de alemán y, si alguien duda de que este es un factor decisivo, le diré una cosa: SOLAMENTE me llegaron ofertas cuando convencí a las empresas de que podía comunicarme en su idioma.
  2. Las apariencias. La imagen que las empresas venden de sí mismas raras veces se corresponde con la realidad. A estas alturas, he experimentado lo suficiente para saber que TODAS son iguales. Uno no sabe dónde se mete hasta que está dentro, y Alemania no es diferente en eso. Dentro de lo posible, esta vez he tratado de juzgar con mayor objetividad las alternativas que se me presentaban. Aún así, no puede decirse que mi elección sea muy diferente de los sitios que he conocido antes.
  3. La especialización. El arma de doble filo. Centrarme en un campo muy específico me cerró casi todas las puertas cuando este se vino abajo. He tenido bastante claro qué línea(s) seguir para vencer este obstáculo, pero el proceso de reciclaje no está siendo fácil y, por ahora, solo lo he conseguido parcialmente. Me queda mucho que pelear, pero es un comienzo.
Con estas labores de "desescombro" he comenzado a corregir mis principales errores, pero ninguno de ellos está plenamente subsanado. Mi balance personal es que, de momento, he conseguido sobrevivir a este fracaso —que no es poco—, aunque no está superado todavía. Son varias las circunstancias que me mantienen al borde del abismo —entre otras, que volveré a visitar la agencia de empleo más pronto que tarde—, así que no puedo considerar satisfactorio el statu quo. 

Empleando un símil futbolero, digamos que la situación actual se asemeja a una racha de empates consecutivos. Si a continuación llega otra derrota, los empates no valdrán nada. Pero si lo que llega es una victoria, estos empates cobrarán valor y se verán como el inicio de la recuperación.

lunes, 9 de septiembre de 2013

Individualismo: la soledad del fracaso

Decía Aristóteles que "el hombre es un ser social por naturaleza". Francamente, cuesta creerlo viendo el alarmante grado de individualismo que se ha instalado en la sociedad. Vivimos cada vez más encerrados en nosotros mismos. Los problemas o preocupaciones de otras personas nos resbalan, lo único que importa es lo nuestro. Hace ya tiempo que había constatado este hecho, y durante los últimos meses ha quedado patente en la soledad de mi fracaso.


Debo admitir que yo mismo soy bastante individualista en muchos aspectos. Sin embargo, una cosa es gozar de tu independencia personal y otra es que te importe un carajo todo aquello que no te afecte a ti directamente. Esa es la tendencia que se impone ahora: YO, YO y YO.

Esta pauta de comportamiento se percibe a muchos niveles:
  • Se percibe en el ámbito laboral, donde la competitividad es cada vez más feroz. Todos quieren demostrar que son mejores que el resto y obtener para sí el mayor beneficio posible. La competitividad es buena y necesaria en su justa medida, porque nos hace mejorar, pero llevada al extremo puede resultar absurda. En lugar de competir por todo, más nos convendría aprender a colaborar. 
  • Se percibe, por supuesto, en la sociedad, arrastrada por politicuchos de medio pelo que embaucan a las masas ignorantes. Todos quieren separarse de todos. Las comunidades del estado, las provincias de las comunidades, las ciudades de las provincias y los barrios de las ciudades. A este paso llegaremos a constituirnos cada uno de nosotros en un ente soberano independiente. Por cierto, hablando del tema, esos soplapollas que juegan a convocar referéndums de independencia equivocan la estrategia. Ya que no les dan permiso para votar si Cataluña se separa, yo les doy una idea: lo que tienen que hacer es celebrar el referéndum en el resto de España. Votemos nosotros si queremos que Cataluña sea parte de España o si preferimos mandarla a tomar por culo y que nos deje de tocar los huevos de una puta vez. A lo mejor se llevarían una sorpresa con los resultados. Y a ver luego cómo esconden esos vulgares chupópteros su patética gestión.
  • Finalmente, se percibe también, claro está, en las relaciones personales. Es decepcionante la facilidad con la que alguna gente se olvida de ti y prescinde de mantener el contacto escudándose en sus muchos e importantes quehaceres. Todo el mundo está siempre ocupadísimo pensando en SU trabajo, SUS vacaciones, SU casa, SU hijo, SU perro o SU canario, y pasa olímpicamente de los demás, incluso de los amigos.

Es este último punto el que me ha llevado a escribir la entrada de hoy. Durante todos estos meses he lamentado el nulo apoyo de personas que otrora fueron buenos amigos. Naturalmente, nadie está obligado a ayudarme, y mucho menos a resolver mis problemas, lo cual me compete a mí. No es eso lo que digo. Hablo simplemente de interesarse por la evolución de las cosas, de transmitir algo de ánimo y, si se tercia, de echar un pequeño cable a un amigo que pasa por una situación adversa.

Por otra parte, tampoco es nada nuevo. No viene motivado por las circunstancias, sino que me ha pasado constantemente con ciertas personas. Personas, por cierto, por las que yo sí me mojé en su momento, con las que yo sí me impliqué cuando tuvieron problemas y por las que incluso llegué a buscarme más de una complicación.

Da la impresión de que la gente solo sabe "comunicarse" a través de eso que llaman redes sociales —que para mí son todo lo contrario—. Yo no tengo cuenta en ninguna de esas redes —ni pienso, al menos para uso personal— por muchos motivos que no voy a enumerar aquí. ¿Significa eso que no es posible mantener el contacto? Por lo visto, para mucha gente sí. En la era de Internet, los correos electrónicos, los teléfonos móviles y demás, a menudo parece que estamos más incomunicados que nunca, viviendo dentro de nuestra burbuja personal. ¿Qué cuesta dedicar aunque solo sean 5-10 minutos una vez al mes? ¿Es tu vida tan jodidamente ocupada que no tienes ni siquiera ese tiempo para alguien que te importa? Eso es dejadez y falta de interés. Si no te "molestas" en hacer ni eso, no eres digno de llamarte AMIGO.

Desde luego, si así se actúa con los amigos, ¿qué cabe esperar con los desconocidos?

PD: a los que siguen a mi lado, les agradecezco el esfuerzo.

miércoles, 8 de mayo de 2013

Lecciones de fútbol, lecciones de vida

No comulgo con el tinglado balompédico que hay montado hoy en día, ni mucho menos, pero el mismo bombardeo incesante que me hace aborrecer ese circo hace imposible no enterarse de las cosas que ocurren en él, especialmente si actúan los únicos equipos que parecen existir en España: Madrid y Barcelona (otro de los ciegos bipartidismos acérrimos que caracterizan al país). Y ya que vienen de protagonizar un doble enfrentamiento España-Alemania en Copa de Europa, he decidido dedicarle unas breves líneas, sin que sirva de precedente.

Quiero dejar claro que no me alegro de las derrotas, faltaría más. No seré un fanático, pero siempre deseo que ganen los de mi tierra. Ahora bien, una parte de mí disfrutó con la manera en que se produjeron, esperando que sirviese como lección.

Estos dos clubes son buques insignia del deporte español. Con el discurrir de los años han ido acaparando interés, aficionados y pingües beneficios por todo el mundo (ajenos a toda crisis). Pero este crecimiento desmedido ha terminado por desvirtuar completamente una liga, la española, que actualmente no es más que un seudocampeonato a dos bandas. Ambos se pasean por los campos del país avasallando a todos los rivales, que nada pueden hacer contra el multimillonario oligopolio que ostentan, hasta tal punto que muchos ya dan por buena una derrota sin goleada. A mi modo de ver, eso le hace un flaco favor al espectáculo y al deporte.

Además, no contentos con ello, expanden sus tentáculos sobre otras modalidades deportivas, que desvirtúan de manera semejante: baloncesto, balonmano, hockey sobre patines, fútbol sala... (diría que al Barcelona solo le falta sección de canicas). Esto es de hecho lo que más me cabrea, por ser especialmente injusto. Si ocurre en el fútbol me da igual, primero porque no me interesa mucho y, segundo, porque eso es lo que son, clubes de fútbol (si bien con unos condicionantes extradeportivos muy ventajosos respecto a los demás). Lo que no soporto es que encima empleen esas ventajas que les proporciona el negocio del fútbol para corromper otros nobles deportes, ya que compiten en total desigualdad de condiciones con el resto. Así, equipos históricos en sus especialidades se ven obligados a vivir eternamente a la sombra de estos dos. Y cuando alguno consigue plantarles cara a base de esfuerzos titánicos, no pasan dos telediarios antes de que los grandes le desmantelen la plantilla a golpe de talonario. Vaya un mérito el suyo. Así cualquiera.

Ese es el motivo principal por el que disfruté parcialmente de sus estrepitosos descalabros.

Pero, volviendo al tema. El asunto es que Barcelona y Madrid están tan acostumbrados a pasar como apisonadoras sobre sus contrincantes que terminan olvidando lo que es enfrentarse a alguien de su tamaño. Y claro, cuando tienes delante a sendos equipos alemanes con su rocosa mentalidad, su intensidad superlativa y sus estadios abarrotados gritándote en la nuca sin parar ni un minuto, es probable que te caiga un chorreo y se te coman vivo si no estás a tope.

Eso es, en mi opinión, lo que ha sucedido en estas recientes eliminatorias. Es una teoría como otra cualquiera. No soy un entendido, puede ser cierta o puede que no. Lo que es evidente es que, en la alta competición, los detalles (la psicología es uno de ellos) marcan las diferencias. Y si uno no necesita ese grado de exigencia y esa chispa de competitividad durante toda la temporada es difícil que lo alcance para un día concreto (curiosamente, sí que marcaron 4 goles en liga, tan solo tres días después de la debacle europea).

No se discute que, en cuestión de talento, los españoles no tenemos que envidiar a nadie, pero en ocasiones se necesita sobre todo agresividad, capacidad de sacrificio y fortaleza mental. Al margen de estos últimos resultados, que son sucesos puntuales, los alemanes nos siguen llevando ventaja en ese aspecto, debido seguramente al modo en que se educan. Siempre demuestran máxima competitividad de principio a fin y nunca dan nada por perdido (ni por ganado) hasta que acaba. Por lo general, cuando los españoles somos mejores, puede que ganemos, y si somos peores perdemos seguro. Sin embargo otros como los alemanes o los italianos, cuando son mejores ganan seguro, y si son peores puede que ganen. Parece que eso va cambiando con el paso del tiempo, pero aún tenemos que mejorar en este sentido (aunque últimamente les hayamos sobado el morro con la selección, hahaha).

viernes, 26 de abril de 2013

Emigrar no es la solución

Hace unas cuantas entradas ya dejé caer que los acontecimientos ocurridos han cambiado notablemente mis puntos de vista sobre determinados asuntos. Con la perspectiva que dan el tiempo y las experiencias vividas, ya no creo que emigrar sea la mejor solución de futuro, ni la decisión más valiente. Y haber fallado en mi intento no es el motivo para cambiar de idea, hubiese llegado a la misma conclusión antes o después. El fracaso solo me ha abierto los ojos más deprisa.
"Si buscas resultados distintos, no hagas siempre lo mismo."
- Albert Einstein -


En el pasado, los nuestros han salido de España en momentos en que estaba más que justificado. Era una obligación si no querías morirte de hambre. Pero creo que la emigración de hoy en día es muy diferente. La sociedad actual es cada vez más egoísta y ambiciosa. No nos conformamos con nada, todo lo que tenemos es poco, siempre queremos más y lo queremos cuanto antes. Por eso nos vamos buscando reconocimiento, prestigio, plan de carrera, ganar más dinero... con la justificación de que en nuestro país no hay nada decente.

Por supuesto, no solo es legítimo sino comprensible también. Lo que yo me pregunto es, ¿qué pasaría si todo ese talento exportado lo aprovechásemos nosotros mismos? ¿Habéis pensado en el futuro que tiene un país como España, en el que más de la mitad de los jóvenes no tiene trabajo y el resto decide largarse? La respuesta es obvia: ninguno.

Los que hemos optado por irnos hemos oído a menudo cosas del tipo: "¡qué huevos tienes!" o "¡hay que tenerlos cuadrados!".

No estoy de acuerdo.

Valiente es el que se queda en su pueblo peleando día tras día para sacar adelante un pequeño negocio, con más pena que gloria, acuciado por la crisis y pisoteado por la dictadura infame de un sistema financiero que goza del mecenazgo político. Yo creo que lo más fácil en una situación como esta es abandonar el barco, no quedarse.

Sin embargo, si cuando vienen mal dadas nos marchamos a las primeras de cambio, nos estamos haciendo un flaco favor a la larga. Si todo nuestro talento se pone al servicio de otros, serán siempre otros los que se beneficien, mientras que nuestro país seguirá sumiéndose en su propia inmundicia. Así jamás tendremos la opción de cambiar nuestra realidad, no llegará el día en que tengamos alternativas decentes para quedarnos en vez de emigrar. No basta con protestar y pedir un país digno al que regresar. Si es eso lo que queremos de verdad, tenemos que luchar por ello, no largarnos dejando el camino expedito a los gusanos que lo destruyen.

ESE CAMBIO DEBEMOS HACERLO NOSOTROS. Nadie más lo hará. En lugar de salir corriendo a trabajar para empresas foráneas que nos saquen de un país sin futuro, tenemos que luchar por un futuro en nuestro país. Necesitamos crear valor añadido, atrevernos a hacer cosas que aporten riqueza a largo plazo, que sean soluciones de futuro y no parches temporales, no agarrarnos a la primera anodina oposición que aparezca solo movidos por el afán de lograr una plaza de por vida, apartarnos de actividades especulativas y facilonas que solo llenan los bolsillos ya rebosantes de unos pocos, renunciar a ser un simple país de bares, turismo y servicios... Toda esa mierda ha demostrado ser pan para hoy y hambre para mañana. Puede que a ti te resuelvan la vida por un periodo de tiempo, pero tus hijos volverán a verse obligados a emigrar y a alejarse de sus raíces.

Conocimiento y esfuerzo. Ese es el único camino.

El que aún no haya abierto los ojos que le eche un vistazo a los datos de desempleo. Las zonas de turismo y ladrillo rondan o superan con creces el 30% de paro, en contraposición a las que viven de industria y tecnología. Hace tiempo que el País Vasco es el ejemplo más evidente de esto, un modelo a seguir para toda España con su tejido industrial y su dedicación al I+D.

Para revertir la situación debemos, en primer lugar, formarnos. Formarnos muy bien, desde muy pronto, como hacen en los países avanzados. Y sí, parte de esa formación debería hacerse en el extranjero durante un tiempo. Todos deberíamos hacerlo a modo de aprendizaje, para abrir nuestra mente y adquirir nuevas ideas. Pero solo temporalmente. Tendríamos que absorber lo mejor de esos sitios y luego volver para aplicarlo en nuestros lugares de origen. Eso nos haría crecer. El problema es que ahora lo hacemos justo al contrario. Trasladamos todo nuestro potencial al extranjero, donde son otros quienes lo aprovechan. Así se retroalimenta este círculo vicioso. 

Luego, una vez formados (aunque ese debe ser un proceso sin fin), debemos poner en práctica lo que sabemos. Pero no solamente dando lo mejor de uno mismo para terceros, sino también creando recursos por cuenta propia. Debemos cooperar, asociarnos y complementarnos para sacar adelante proyectos que rompan esta tendencia y generen valor. Así convertiríamos el círculo en virtuoso.

Es evidente que la paupérrima legislación existente no ayuda nada, pero creo que nos falta iniciativa y cultura de emprendimiento. La tendencia ha ido cambiando en los últimos años (más por necesidad que por convicción) pero, en general, cuando el empleo escasea cerca nos vamos lejos a buscarlo. Preferimos desplazarnos para seguir trabajando por cuenta ajena que quedarnos e intentar levantar algo propio. Nos resulta más cómodo trabajar para otros y que sean ellos los que se rompan la cabeza. Pensamos incluso que es una opción "más segura" que arriesgarse a montar un negocio, aunque no siempre es así.

No pretendo ir de listillo, yo soy tan culpable como el que más. Pero, una vez abiertos los ojos, no voy a resignarme sin pelear. Y cada uno pelea como puede. Las movilizaciones son una manera de hacerlo, pero hay otras que pueden ser efectivas, aun siendo más silenciosas. Por eso espero volver tan pronto me sea posible y poner mi granito de arena para cambiar la situación actual. Puede que acierte o puede que no, pero estaré infinitamente más orgulloso y satisfecho de lo poco o mucho que haga, porque lo estaré haciendo con los míos y para los míos. Y eso para mí vale más que el dinero y el plan de carrera.
"En la vida hay algo peor que el fracaso: el no haber intentado nada."
- Franklin D. Roosevelt -

miércoles, 27 de marzo de 2013

¿Y ahora qué?

Un día llegas al trabajo y te llaman a una habitación. Te explican que la empresa pasa por dificultades que le obligan a tomar decisiones drásticas y, antes de que te des cuenta, estás recogiendo tus cosas del lugar de trabajo y saliendo de allí para no volver. Estás despedido. ¿Y ahora qué?



Esta pregunta ya es difícil de responder ante tal situación estando en tu tierra. Pero si además resulta que estás en otro país, las preocupaciones que te asaltan sobre tu futuro hacen que tu vida se parezca de repente a un túnel sin salida. Desconoces las leyes, los procedimientos y hasta tus derechos básicos, y encima no puedes expresarte plenamente a causa del idioma. Una experiencia francamente desagradable, la verdad.

Cuando eso ocurrió, empecé a buscar soluciones y a hacerme infinidad de preguntas. Por ejemplo, de repente debía replantearme mi lugar de residencia: "¿Me quedo en Alemania? ¿Me vuelvo a España? ¿Huyo hacia adelante y pruebo en otro país?" Estas cuestiones en particular se fueron respondiendo solas a medida que recogía información por el camino. Es de lo que hablaré a continuación. Otras muchas, sin embargo, aún siguen sin respuesta.

Personalmente, mi decepción fue de tal magnitud que me hizo perder las ganas de seguir dando tumbos por el mundo. No podía quitarme de la cabeza un pensamiento: tanto sacrificio para terminar así; para eso es mejor estar en mi casa. Si hubiese tenido una varita mágica que me permitiese hacer lo que quisiera, yo hubiera vuelto a casa inmediatamente tras el despido. Es verdad que luego he ido relativizándolo un poco, pero la enorme decepción no se borrará nunca. Hasta tal punto es así, que muchos de mis puntos de vista han cambiado.

Si miro atrás me asombro al pensar con qué decisión me lancé a la emigración. A veces creo que debía estar loco para elegir este camino, pero no me asustaba y estaba convencido de que quería hacerlo. Ahora en cambio, con todo lo ocurrido, esas ganas han desaparecido, y he dejado de pensar que la mejor forma de mejorar es irse a otro país (puede que en otra entrada desarrolle el porqué).

En cualquier caso, pese a mis muchas meditaciones y deseos, es la realidad la que de momento se encarga de decidir por mí.

En primer lugar, la búsqueda de trabajo en ciertos países se trunca de nuevo a causa de sus respectivos idiomas (una lección que ya aprendí). A esto se suma el hecho de que no estoy muy por la labor de volver a empezar de cero. Después de haber superado ya aquí las dificultades iniciales y conseguir adaptarme... sería como en el parchís volver a la casilla de salida cuando llevas todo el tablero recorrido. No pensaba así hace unos meses, cuando seguía atraído por conocer otros países. Pero como digo, ahora mis prioridades han cambiado.

En segundo lugar, lo de encontrar trabajo en España ya sabemos cómo está. Desde el primer momento tuve que resignarme en este sentido. Salvo milagro improbable, es una utopía volver ahora.

Por tanto, parece que la opción de permanecer en Alemania es la más adecuada. Y en efecto, así es. Tiene que serlo a co..nes, porque es la única. No sólo por eliminación, sino también por motivos legales derivados de la normativa europea en materia de desempleo.

Me explico.

Simplificando mucho para no aburrir: los periodos trabajados en cualquier país de la unión se computan para calcular cuánto tiempo de paro te corresponde (para lo cual se necesita el formulario europeo PD U1; no entraré en eso ahora, si alguien tiene interés no tengo inconveniente en contestar preguntas). Pero tienes derecho a percibir la prestación en el país donde nació tal derecho. En mi caso, Alemania (que es donde me quedé en paro), no España (a pesar de que allí haya cotizado más años).

Eso por un lado está bien, porque obviamente la prestación es de mayor cuantía en Alemania. Pero por otro lado no tanto, porque la prestación dura menos tiempo (en mis condiciones, la mitad, para ser exactos).

La consecuencia es que, si quisiera volver a España ahora, tendría que hacerlo con una mano delante y otra detrás, puesto que trabajo no hay y allí no tengo derecho a paro, lo que sería una verdadera locura. De ahí que quedarme en Alemania sea mi única opción razonable de momento.

Es cierto, como muchos sabréis, que la legislación europea permite exportar la prestación por desempleo entre países de la unión (formulario PD U2). Pero tan solo puedes "llevarte" tres meses, tengas el tiempo que tengas. Es decir, si te queda por ejemplo un año entero de paro y solicitas su exportación a otro país, te conceden tres de esos doce meses. Una vez transcurridos esos tres meses, si sigues en paro y no vuelves al país de origen, el resto lo pierdes definitivamente.

Así pues, todavía no es una opción para mí. Ese tiempo lo consumiría prácticamente ya sólo en mudarme. Hoy por hoy, sólo puedo plantearme volver a España si tengo trabajo, lo cual es sinónimo de decir que no puedo volver.

Lo peor de este galimatías legal es que también obstaculiza otra de las vías para intentar salir adelante: crear mi propia empresa. Dado que no tengo derecho a paro en España, no puedo acogerme a la famosa capitalización del mismo ni a ninguna otra de las supuestas ventajas que anuncian para emprendedores. A no ser, claro está, que me la juegue y haga un salto mortal sin red (todo llegará...).

En conclusión, quiera o no quiera, estoy atrapado aquí. Todo lo que puedo hacer por ahora es seguir buscando trabajo. Si en los próximos meses consigo encontrarlo, pues bien. Si por el contrario no es así y nada cambia, mi condición de emigrante tiene ya fecha de caducidad, y ésta coincide con la de mi derecho a percibir paro. A partir de ahí me convertiré en un emigrante retornado prematuro. Siguiendo mis propios consejos, me niego a permanecer aquí careciendo de ingresos, aunque ello suponga volver a casa derrotado y con el rabo entre las piernas.

Veremos lo que depara el futuro inmediato.

viernes, 22 de marzo de 2013

3 "consejos" para fracasar en Alemania (y III)

Para cerrar esta serie voy a hablaros del segundo obstáculo principal que me impide encontrar trabajo actualmente: la especialización extrema.




Siempre que se habla de tecnología e industria es inevitable que Alemania salga a la palestra. La manida frase "con tecnología alemana" adorna las promociones de no pocos artilugios mecánicos, electrónicos, etc. Parece que esa frase por sí sola hace mejor a cualquier producto. Ya puede tratarse del objeto que sea.

"Ah, si es alemán es bueno", pensamos.

Todos tenemos un gran concepto de este país en ese aspecto. Merecido, por otra parte.

Sin embargo, esa reputación bien ganada mediante el esfuerzo y trabajo de muchos especialistas en los más diversos campos tiene un lado oscuro. Un arma de doble filo que puede volverse contra ti si no juegas bien tus cartas, como me pasó a mí.

El alemán es un mercado laboral extremadamente especializado. Para desarrollar los avanzados productos tecnológicos que aquí se fabrican, es necesario contar con gente fuertemente especializada en parcelas muy concretas. Eso está muy bien, claro. Tener grandes especialistas en cada campo brinda una ventaja competitiva sobre los demás. Pero la trampa que esconde sale a la luz en el momento en que el chiringuito se viene abajo.

Es decir, el salto de calidad que te da profesionalmente tu especialización en un área es muy interesante. Pero eso sí, procura no hacerlo en un área equivocada. Escoge una que ofrezca pocas expectativas (a priori) de derrumbarse. De lo contrario, cuando eso ocurra no valdrás nada. Si eres especialista dentro de algo que entra en crisis, lo primero que puede pasarte es perder tu trabajo, como en cualquier sitio. Pero además, eso significa que no encontrarás otro en tu mismo sector, ya que está en crisis y no hay opciones.

Entonces debes buscarte la vida en otro sector en el que no eres especialista. Y claro, por este motivo, resulta que ahí tampoco tienes opciones, aunque poseas ciertos conocimientos del mismo. Aquí no te pagan por enseñarte, quieren resultados desde el principio. Y la forma de conseguirlos es contratando especialistas. ¿Porqué van a contratarte a ti, que no lo eres, cuando hay otros en el mercado que sí lo son?

Consecuencia: un círculo vicioso del que no es fácil salir.

Yo me encuentro ahora mismo en esa situación. Y las expectativas de escapar a esta trampa son de momento inexistentes.

Puede discutirse si el tema que expliqué del idioma compite en importancia con este error. Sin embargo, considero este último mucho más imperdonable que aquel. NUNCA debí tomar este camino sabiendo como sabía que el sector se desmoronaba. Creí equivocadamente que aquí el impacto sería menor. Y además me convencí de que no sería tan difícil cambiar de palo si la cosa iba mal. Me equivoqué en todo.

También en otra cosa. En mi cabeza se había instalado la convicción de que mi experiencia en Alemania me revalorizaría si algún día quería volver a España. Pensé que podría ser más "deseado" por el hecho de tener experiencia internacional.

De eso nada. A las empresas españolas les resbala. Siguen queriendo lo de siempre, licenciados que hablen cuatro idiomas, tengan un porrón de conocimientos y años de experiencia y estén dispuestos a trabajar de 8:00 a 20:00 regalándole las horas extras que pidan por mil euritos pelados sin el menor plan de crecimiento profesional a la vista.

Eso si tienes suerte de encontrar algo, claro está. Desgraciadamente, la situación es tal, que ni siquiera encuentro una opción de ese tipo. Así que ya podéis imaginaros el panorama.

Esta lamentable situación es fruto de los errores comentados (y otros que iré citando) junto con ciertos factores externos. El caso es que, entre unas cosas y otras, mi carrera se ha ido al tacho y tengo muy difícil recuperarla. ¿Quién iba a decirme que ese sería el resultado de emigrar a Alemania?

Por eso os aconsejo elegir cuidadosamente. Tened en cuenta las experiencias de otra gente que ha pasado por esto. Meditad muy seriamente la decisión atendiendo a todos los factores.

Y, si queréis aceptar un último consejo adicional, no emigréis a la aventura. No le recomiendo a nadie irse a otro país sin un contrato de trabajo. Hay muchos casos así. Gente que ha salido pensando que total, en España no hay nada, y que ya encontrarán algo por ahí. Algunos de ellos tienen que malvivir y pedir ayudas, que no siempre se le conceden (aquí el que no produce no es bienvenido). Otros con algo más de suerte, van tirando con lo que ganan en los trabajos más precarios.

Ya sé que España está muy jodida y no da ni para eso pero, ¿es lo que queréis hacer de verdad? ¿Y encima lejos de casa, pasando frío y penurias? Pensadlo muy bien.

Lee también:
3 "consejos" para fracasar en Alemania (I)
3 "consejos" para fracasar en Alemania (II)

viernes, 15 de marzo de 2013

3 "consejos" para fracasar en Alemania (II)

En la segunda entrega de esta serie comenzada hace una semana, hablaré de lo que yo llamo: la "fachada" de las empresas.


El asunto tiene que ver con el irremediable complejo de inferioridad español, que nos hace creer que todo lo de fuera es siempre mejor que lo propio, ya se trate de otro país, de otra empresa o de la casa del vecino.

Rotundamente falso.

Uno se sorprende al ver la cantidad de cosas que son mejores en España (y no hablo sólo de cosas como la comida; ¡ahí no hay discusión!).

Ese engaño monumental al que han dado en llamar crisis se deja sentir por todas partes, no solamente en España. Y sí, señores, aunque no lo crean, en Alemania las empresas también tienen dificultades, despiden a sus empleados, hacen ERE's, se declaran insolventes y echan el cerrojo. Conozco un buen número de casos aparte del mío.

Como ya mencioné en la presentación del blog, las historias que nos venden han contribuido a tergiversar la realidad en gran medida. Es cierto que a mucha gente le va de fábula en el extranjero, pero a otra tanta (o más) le va de pena. Como en España. Como en todas partes. No es justo contar sólo una parte de la historia, la parte bonita. Puede que no venda tanto la experiencia de aquellos que han acabado (literalmente) pidiendo, no han conseguido un trabajo acorde a su cualificación o simplemente han tenido que volverse porque se les ha acabado el dinero. Pero eso también es parte del juego. Y con esa visión sesgada se ha distorsionado la realidad de los hechos confundiendo a mucha gente, entre la que me incluyo (al menos parcialmente).

A ver, ni siquiera yo soy tan pardillo como para pensar que al llegar me estaría esperando una alfombra roja, una casita en el campo y un Mercedes. No. Pero sí te haces, al abrigo de esas historias, falsas expectativas del nivel (y sobre todo la calidad) de vida que tendrás. Como os digo, nuestros ancestrales complejos hacen que esas ideas cuajen fácilmente en España.

Por ello, este sentimiento de anhelo que acabo de describir en relación a la vida en general, se traslada igualmente a lo profesional. ¿Quién de nosotros no sueña con trabajar en un sitio donde te valoran, te permiten conciliar tu vida personal y laboral y te ofrecen un plan de carrera excelente?

Esto hace que resulte muy fácil dejarse cautivar por la imagen que transmiten las compañías alemanas. Es un aspecto que aquí se cuida muchísimo y hace que las empresas tengan mucha "fachada". Les gusta proyectar una imagen de lugar agradable para trabajar y se gastan mucho dinero en fomentarla. Compiten entre ellas para ver quién posee las instalaciones más lujosas y los mejores servicios. Ya desde la primera entrevista te ofrecerán con cortesía algo de beber y unas pastitas, te encandilarán con el halo de grandeza que emana su idílico entorno, te mostrarán las comodidades de las que gozarás como empleado, etc.

En pocas palabras: harán que desees trabajar allí.

Claro, esto viniendo de España resulta muy llamativo. Acostumbrados a ser poco más que ganado y deberle a la empresa el favor de darnos trabajo, ese nuevo mundo te crea la sensación de que estás ante una organización extraordinaria y que ese es el tipo de trato y consideración que quieres recibir de tu empleador. Pero cuando estás aquí un tiempo te das cuenta de que no hay nada extraordinario en ello, sino que es exactamente lo que hacen todos. Y, todos, quiere decir tanto las buenas como las malas empresas. Con lo cual ese factor no debe tenerse en cuenta para optar por una u otra, o puedes llevarte sorpresas desagradables cuando traspases la gruesa fachada y conozcas el percal desde dentro.

¡No os dejéis deslumbrar!

Yo aún recuerdo perfectamente cómo le contaba a mis amigos la experiencia cuando vine a mi primera entrevista. Volví a España extasiado y así se lo hice saber a todos hablándoles de las maravillas que había contemplado.

Al poco tiempo de empezar comprendí mi error. Demasiado tarde.

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3 "consejos" para fracasar en Alemania (I)
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viernes, 8 de marzo de 2013

3 "consejos" para fracasar en Alemania (I)

Cuando nos pasa algo malo (como quedarnos en paro), una de las preguntas que suelen venirnos a la cabeza es: ¿pero qué he hecho yo para merecer esto? Para responderla tendemos primero a buscar culpas externas, lo cual es legítimo además de cierto en gran medida. Despotricamos de que la empresa es tal o la empresa es cual, que la crisis tiene la culpa, que yo no merecía esto, etc, etc. Sin embargo, a menudo olvidamos la parte de responsabilidad que nos toca en el suceso.

Algo habremos hecho mal para vernos envueltos en tal calamidad. ¿O no?

Como anuncié en la presentación del blog, quiero ser crítico con muchas cosas. Pero considero que, para ganarse el derecho a criticar algo, primero debes criticarte a ti mismo. Por eso quiero empezar, con esta entrada, una serie titulada "3 consejos para fracasar en Alemania", donde describiré las principales equivocaciones que yo cometí para meterme en este hoyo.

En la lista de errores que me atribuyo, el primero tiene que ver con el idioma, un tema absolutamente crucial.


Antes de venir, yo tenía un gran concepto de los alemanes en este sentido. Las estadísticas reflejan claramente que el nivel medio de inglés en Alemania es bastante superior al de España, algo que por otra parte coincide con el sentir general. Precisamente por eso, me creí inocentemente que con mi buen nivel de inglés podría hacer una vida normal a pesar de no hablar nada de alemán cuando llegué. ¡CRASO ERROR!

Venir a Alemania sin hablar alemán aumenta tus probabilidades de fracaso enormemente. Y no por casualidad subrayo el verbo 'hablar', porque entre 'saber' alemán y 'hablar' alemán hay una diferencia notable (los que habéis pasado por ello me entenderéis). Puedes saberte un montón de palabras a base de chapar vocabulario, incluso ser capaz de juntar dos o tres en una misma frase. Pero de ahí a HABLAR va un mundo. Y no te cuento para entender lo que ellos te dicen, especialmente en según qué zonas... Incluso un nivel medio de alemán no es suficiente en muchas situaciones, pero ya si tu nivel es bajo o nulo, date por jodido.

En este aspecto, el alemán es muy distinto de otras lenguas en las que, tan pronto te aprendes una palabra, estás en disposición de usarla (p. ej. el inglés). Aquí no basta con saberse una palabra para poder utilizarla. Debes saberte también sus declinaciones, plural, género (que no siempre es tan obvio como imaginas)... o de lo contrario serás incapaz de colocarla con sentido en una frase.

Sinceramente, he de admitir que infravaloré la dificultad de este idioma (o sobrevaloré mi capacidad, no lo tengo claro...). Siempre se me han dado bien los idiomas, así que supuse que este sería uno más. Pero no fue así exactamente.

La fama de difícil que tiene el alemán no es gratuita. Sus palabras infinitas rebosando consonantes por los cuatro costados, sus declinaciones o sus 8 vocales en vez de 5 tienen parte de culpa. Pero si tengo que elegir lo que más me irrita de esta lengua, diría que es su exceso de arbitrariedad y falta de lógica, algo de lo que te percatas cuando empiezas a profundizar en su aprendizaje. Recuerdo que esto me llamó mucho la atención, porque no concuerda con el carácter pragmático que se le presupone a sus hablantes. Tal obstáculo se pone de manifiesto, por ejemplo, al asignar el lugar correcto a cada palabra según de qué oración se trate y la función que en ella cumple dicho vocabloAdemás, cada regla presenta más excepciones que ejemplos.

Por estas y otras razones, el sistema resulta caótico y genera verdaderos dolores de cabeza. Y el desacuerdo existente entre los propios nativos a la hora de dar una explicación coherente al respecto, tiene efectos dramáticos en la moral del que está aprendiendo. Muchos hablan el alemán "por sensaciones", o sea, no saben decirte porqué es así, sólo saben que así suena bien y por eso debe ser correcto (¿?).

¡Mátame camión!

Para más pruebas de los infames e intrincados recovecos de esta lengua, quiero remitiros al ensayo que Mark Twain le dedicó hace más de un siglo, tras arduos esfuerzos por comprenderla. Se titula "El horrible idioma alemán" (aquí lo encontraréis traducido al español) y merece la pena leerlo hasta el final. Sencillamente genial.

En resumidas cuentas, lo que quiero transmitir con todo esto es que es muy, pero que muy recomendable, llegar aquí hablando alemán. Tendrás una cantidad de terreno ganado bestial. De lo contrario, te estrellarás contra un muro en cualquier cosa que trates de hacer, hasta lo más sencillo y cotidiano.

Ten en cuenta que, el ciudadano alemán medio puede dominar mejor el inglés de lo que lo hace el español medio, pero a la vez siente mucho más orgullo de su lengua y de su país. Esto lo demuestran muchas empresas demandando un alto dominio del alemán, muy superior al "nivel medio", incluso para optar a puestos que no exigen necesariamente habilidades lingüísticas.

Curiosamente este no fue mi caso, ya que me contrataron a pesar de advertirles de mi completo analfabetismo en su lengua. Quizá por eso, cometí este error. Conseguir el trabajo sin hablar alemán me hizo pensar que ese era un tema secundario y menor.

"Ya lo iré aprendiendo", me decía a mí mismo.

No podía estar más equivocado.

Esto me causó desde el primer día serias dificultades a pesar de contar con el inglés para sobrevivir. Pero es que además, seguí agravando el error al no medir bien la importancia del factor idioma. Debido a múltiples circunstancias que escaparon a mi control no tuve la dedicación necesaria para hablarlo bien, lo cual se ha terminado convirtiendo en una poderosa arma en mi contra.

Estudié muy poco alemán desde que llegué, lo que sé es fundamentalmente por inmersión (escuchar, leer, hablar, escribir...). Y puedo decir que, aun con cantidad de errores, me defiendo con cierto decoro en un buen número de contextos (incluso a veces sorprendentemente mejor de lo que creo). Sin embargo, los hechos demuestran que no es suficiente. Y por eso, me avergüenza reconocer que tras dos años viviendo aquí, mi nivel de alemán representa el mayor de los obstáculos para encontrar trabajo.

¡No cometáis el mismo error!
"Una persona inteligente puede aprender inglés (excepto gramática y pronunciación) en treinta horas, francés en treinta días y alemán en treinta años. Queda en las manos de quienes podrían, enderezar y reparar la tercera lengua mencionada. En caso de que así permanezca, debería ser presentada, amable y respetuosamente, como una de las lenguas muertas, pues sólo los muertos tienen suficiente tiempo para aprenderla."

- Mark Twain -
¿Has tenido experiencias en este sentido? ¿Destacarías otras dificultades del alemán?

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3 "consejos" para fracasar en Alemania (II)
3 "consejos" para fracasar en Alemania (y III)

domingo, 3 de marzo de 2013

Definamos fracaso

El fracaso (y el éxito) es claramente un concepto subjetivo. Lo que para unos es un fracaso estrepitoso, para otros puede ser un hecho apenas sin importancia. Todo depende de la óptica con que se mire y de las circunstancias. Por otro lado, el fracaso es un término tan denodado que usarlo suena casi apocalíptico. Yo afirmo que he fracasado, pero eso no significa que esté meditando la mejor manera de suicidarme. Y por supuesto, fracasar no implica ser un fracasado, sino que has intentado algo y te ha salido mal, nada más (y nada menos). Reconocerlo y asumirlo es el primer paso ineludible para ser capaz de rentabilizar el error en forma de aprendizaje.



Dicho esto, voy a poneros en situación para que cada uno decida cómo valorarla.

Hasta hace un par de años trabajaba en una empresa (llamémosle SA) de relativa importancia en el sector industrial-tecnológico. Me gustaba el trabajo y además me permitía vivir en mi ciudad de origen, donde me encontraba muy a gusto. Sin embargo, el desgaste del tiempo, la profunda inestabilidad de la empresa azotada por la crisis y otros factores personales, me hicieron sucumbir a los cantos de sirena de la emigración alemana. Siempre me sentí atraído por este país y ya llevaba tiempo barajando la idea (como algo remoto, eso sí), por lo que fue desde el principio mi primera elección. Naturalmente, el panorama paradisíaco transmitido por ciertos programas televisivos también tuvo su influencia.

Así que, tras darle infinidad de vueltas en la cabeza, me decidí. Cerré mi acuerdo con una multinacional alemana (que vamos a llamar AG) y me dispuse a cambiar de país (y de vida). Aquellos que odiéis profundamente las mudanzas, como yo, no podéis ni imaginaros la locura que es hacer una internacional, ¡convierte a las otras en un juego de niños! Sobre todo cuando vas a lo desconocido. Pero nada, me até la manta a la cabeza, metí lo que cabía de mi vida en un coche y puse rumbo a Alemania, la tierra donde esperaba recibir el ansiado reconocimiento profesional del que todos nos creemos merecedores (¿o no?).

Y por fin, aquí estaba yo, en la Meca de la tecnología, trabajando como ingeniero en la sede central de una sólida empresa (eso creía yo) con presencia en varios países de todo el mundo y con un sueldo que superaba con creces el doble del que tenía en España. A pedir de boca, ¿no? Ya. El problema fue que hasta aquí duró el cuento de hadas. Es como en las películas románticas, que cuando los protagonistas se casan, suena la música, se dan el beso de rigor y salen los títulos de crédito. Ya no muestran cuando luego el marido deja la tapa del váter abierta y se tira pedos por toda la casa o cuando la mujer atasca el desagüe con los pelos que se le caen. Pues ahí donde los cuentos acaban, la vida real continúa. Y desde ese mismo momento, la situación se fue tornando bien distinta hasta encontrarme en el paro dos años después, a causa de la delicada situación financiera por la que AG atraviesa (una verdadera paradoja).

Por cierto, a todo esto, SA, la empresa titubeante de la que me fui, sigue con vida. ¿No es irónico? Bueno, en honor a la verdad diré que han sufrido un ERE al mismo tiempo que yo perdía mi trabajo aquí. Parece que era cosa del destino...

En fin, lo que ocurrió en esos dos años será objeto de otra entrada, donde expondré algunas de las causas que provocaron este revés que yo llamo fracaso. Y tú, ¿cómo lo valorarías?

Como reflexión final sobre fracaso, dejo las palabras de Michael Jordan en un anuncio para su patrocinador de ropa deportiva (puedes verlo aquí). Se ha puesto muy de moda usarlo en charlas de motivación para emprendedores, pero es totalmente aplicable a otras facetas de la vida.
"He fallado más de 9000 tiros en mi carrera. He perdido casi 300 partidos. En 26 ocasiones me han confiado el tiro decisivo del partido... y lo he fallado. He fracasado una, y otra, y otra vez en mi vida. Y es por eso, que tengo éxito."
- Michael Jordan -

viernes, 1 de marzo de 2013

¿Porqué este blog?

Parte de la respuesta reside en la siguiente cita:
"El éxito tiene muchos padres, el fracaso es un huérfano."
- John F. Kennedy -
JFK pronunció estas palabras para asumir la responsabilidad tras su fiasco en Bahía de Cochinos. Ahora servirán para inspirar la primera entrada de este blog, que comienza justo el día en el que he pasado oficialmente a engordar las escuálidas cifras del paro alemán.


Nos hemos acostumbrado a ver en la tele esos programas que tanto han proliferado en los últimos tiempos, los cuales obedecen en su mayoría a nombres del tipo "x por el mundo", donde x equivale a españoles, gallegos, madrileños, andaluces... En ellos suelen mostrarse las vidas extraordinarias de gente emigrada a países maravillosos donde todo es sensacional, tienen una casa de ensueño, tres hijos, dos Mercedes y un largo etcétera de comodidades, por citar sólo algunas cosas. Es inevitable, está en la naturaleza de las personas el exhibirse ante los demás para mostrar sus logros, y a los demás nos encanta escuchar obnubilados esos relatos de éxito que nos transportan a un mundo desconocido de fantasía, especialmente en estos tiempos que corren. Evidentemente, eso vende mucho más que mostrar a los que han corrido peor suerte y, por un motivo u otro, la experiencia les ha salido "rana". No es casualidad que una búsqueda en Google del término "fracaso" arroje aproximadamente 30.000.000 de resultados, mientras que el término "éxito" nos da casi cinco veces más, 149.000.000 nada menos. El fracaso es pues, ese gran despreciado del que nadie quiere saber nada.

Provengo de un lugar fuertemente ligado a la emigración históricamente. Allí es habitual encontrarse con ese estereotipo de emigrante al que le ha ido de cine, se ha forjado un patrimonio inmenso y es envidiado admirado por todos mientras pasea por el pueblo su cochazo cuando vuelve en vacaciones. Por eso, muchos nos hicimos inconscientemente a la idea de que en eso consistía la emigración: irse a otro país, hacerse muy rico y volver para exhibirlo. Los programas televisivos antes mencionados han ahondado más si cabe en esa falsa creencia. Pero no todos cumplimos con ese paradigma de emigrante triunfador. Uno también puede fracasar en esa aventura, incluso en Alemania, tierra prometida y paraíso del empleo y del bienestar. Y eso también debe contarse, eso también debe saberse. De lo contrario serán más los que se lancen a la aventura alegremente, ignorando la verdadera realidad hasta que se dan de bruces con ella.

Entre los pocos que han contado esta cara oscura están Jordi Évole y su equipo, que han firmado varios capítulos magistrales a este respecto en su programa "Salvados". En este sentido, destaco también algunos blogs, especialmente el de "Una Mamá Española en Alemania", con una genial y elegante ironía, el de "Pepe, Pepito, Pepa que viene Merkel. Trabajo cualificado en Alemania", que explica muy bien múltiples avatares a los que uno se enfrenta cuando decide venirse a Alemania y el de "Berlunes", que reparte asiduamente ácidas críticas a diestro y siniestro (además de ofrecer una interesante bolsa de trabajo). Todos ellos llevan mucho más tiempo contando "las verdades del barquero" y me han inspirado de una u otra manera, así que es de ley citarlos aquí. Si te estás planteando  emigrar, te recomiendo muy seriamente echarles un vistazo, así como también a este excelente artículo de Spaniards.es, el cual suscribo de principio a fin. Disculpadme aquellos a los que no hago mención, seguro que hay más pero estos son los que conozco por ahora.

Por todo lo dicho este blog pretende dar otra visión de las cosas, una perspectiva realista en la que el fracaso también existe. Y no sólo existe. Además no tiene porqué ser necesariamente algo negativo, sino uno de los mejores instrumentos de aprendizaje para el ser humano. De hecho, a mi me ha enseñado muchísimo. Ese es el motivo de haber escogido semejante título para el blog. Voy a ser crítico con muchas cosas, pero sobre todo autocrítico, práctica por desgracia poco frecuente en nuestra sociedad gobernada desde el principio del "y tú más". Esto, sin embargo, no implica que sólo vaya a hablar de fracaso, naturalmente. Dependerá del ánimo que tenga ese día, pero habrá sitio para hablar de lo bueno, de lo malo y de lo regular. Generalmente irá en relación con la emigración, aunque no descarto tocar otros palos también. Alemania es mi lugar de destierro, y por eso acaparará casi todos los focos, pero estoy convencido de que las historias son totalmente trasladables a otros paises. De ahí que considere este no como un blog de emigración a Alemania exclusivamente, sino más bien de emigración a secas.

Quiero dejar muy claro que no soy un experto en nada (mucho menos en blogs, así que perdón de antemano por los fallos que cometeré). Este blog no va de eso, no pretendo sentar cátedra. Aquí voy a dar simple y llanamente mi opinión (¡para eso es mi blog!) y contar mis experiencias, que no serán siempre coincidentes con las de otra gente, por supuesto. Así pues, no entraré en los típicos debates vacíos tipo "...pues yo conozco alemanes que son más salaos que muchos españoles...". Ya adelanto que muchas veces diré cosas que no gustarán; si buscas corrección política, este no es tu sitio. En caso contrario, si además de leer te apetece participar y comentar de forma constructiva, considérate bienvenido. Por último, salta a la vista que la apariencia del blog es muy sencilla (por no decir cutre). Ya he dicho que no soy un experto y, además, espero que lo importante sea el contenido. Le daremos un lavado de cara más adelante si procede.

Esta experiencia arranca sin muchas pretensiones. No me gusta prometer lo que no puedo cumplir. No sé cada cuánto escribiré (lo haré cuando me apetezca) ni hasta cuando (supongo que mientras tenga algo que decir y alguien que me lea). Sólo sé que de momento aquí empieza esto; ya veremos lo que da de sí.