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lunes, 9 de septiembre de 2013

Individualismo: la soledad del fracaso

Decía Aristóteles que "el hombre es un ser social por naturaleza". Francamente, cuesta creerlo viendo el alarmante grado de individualismo que se ha instalado en la sociedad. Vivimos cada vez más encerrados en nosotros mismos. Los problemas o preocupaciones de otras personas nos resbalan, lo único que importa es lo nuestro. Hace ya tiempo que había constatado este hecho, y durante los últimos meses ha quedado patente en la soledad de mi fracaso.


Debo admitir que yo mismo soy bastante individualista en muchos aspectos. Sin embargo, una cosa es gozar de tu independencia personal y otra es que te importe un carajo todo aquello que no te afecte a ti directamente. Esa es la tendencia que se impone ahora: YO, YO y YO.

Esta pauta de comportamiento se percibe a muchos niveles:
  • Se percibe en el ámbito laboral, donde la competitividad es cada vez más feroz. Todos quieren demostrar que son mejores que el resto y obtener para sí el mayor beneficio posible. La competitividad es buena y necesaria en su justa medida, porque nos hace mejorar, pero llevada al extremo puede resultar absurda. En lugar de competir por todo, más nos convendría aprender a colaborar. 
  • Se percibe, por supuesto, en la sociedad, arrastrada por politicuchos de medio pelo que embaucan a las masas ignorantes. Todos quieren separarse de todos. Las comunidades del estado, las provincias de las comunidades, las ciudades de las provincias y los barrios de las ciudades. A este paso llegaremos a constituirnos cada uno de nosotros en un ente soberano independiente. Por cierto, hablando del tema, esos soplapollas que juegan a convocar referéndums de independencia equivocan la estrategia. Ya que no les dan permiso para votar si Cataluña se separa, yo les doy una idea: lo que tienen que hacer es celebrar el referéndum en el resto de España. Votemos nosotros si queremos que Cataluña sea parte de España o si preferimos mandarla a tomar por culo y que nos deje de tocar los huevos de una puta vez. A lo mejor se llevarían una sorpresa con los resultados. Y a ver luego cómo esconden esos vulgares chupópteros su patética gestión.
  • Finalmente, se percibe también, claro está, en las relaciones personales. Es decepcionante la facilidad con la que alguna gente se olvida de ti y prescinde de mantener el contacto escudándose en sus muchos e importantes quehaceres. Todo el mundo está siempre ocupadísimo pensando en SU trabajo, SUS vacaciones, SU casa, SU hijo, SU perro o SU canario, y pasa olímpicamente de los demás, incluso de los amigos.

Es este último punto el que me ha llevado a escribir la entrada de hoy. Durante todos estos meses he lamentado el nulo apoyo de personas que otrora fueron buenos amigos. Naturalmente, nadie está obligado a ayudarme, y mucho menos a resolver mis problemas, lo cual me compete a mí. No es eso lo que digo. Hablo simplemente de interesarse por la evolución de las cosas, de transmitir algo de ánimo y, si se tercia, de echar un pequeño cable a un amigo que pasa por una situación adversa.

Por otra parte, tampoco es nada nuevo. No viene motivado por las circunstancias, sino que me ha pasado constantemente con ciertas personas. Personas, por cierto, por las que yo sí me mojé en su momento, con las que yo sí me impliqué cuando tuvieron problemas y por las que incluso llegué a buscarme más de una complicación.

Da la impresión de que la gente solo sabe "comunicarse" a través de eso que llaman redes sociales —que para mí son todo lo contrario—. Yo no tengo cuenta en ninguna de esas redes —ni pienso, al menos para uso personal— por muchos motivos que no voy a enumerar aquí. ¿Significa eso que no es posible mantener el contacto? Por lo visto, para mucha gente sí. En la era de Internet, los correos electrónicos, los teléfonos móviles y demás, a menudo parece que estamos más incomunicados que nunca, viviendo dentro de nuestra burbuja personal. ¿Qué cuesta dedicar aunque solo sean 5-10 minutos una vez al mes? ¿Es tu vida tan jodidamente ocupada que no tienes ni siquiera ese tiempo para alguien que te importa? Eso es dejadez y falta de interés. Si no te "molestas" en hacer ni eso, no eres digno de llamarte AMIGO.

Desde luego, si así se actúa con los amigos, ¿qué cabe esperar con los desconocidos?

PD: a los que siguen a mi lado, les agradecezco el esfuerzo.

miércoles, 31 de julio de 2013

El peso de los títulos

Años de estudios y preparación, una trayectoria profesional como aval, referencias, idiomas, experiencia internacional... Nada de esto parece bastar para saciar el voraz apetito de potenciales empleadores. En alguna ocasión ya he hablado de la titulitis galopante que azota estas tierras, pero me siguen dejando patidifuso las situaciones absurdas a las que me enfrento. Si no lo veo no lo creo.


SITUACIÓN Nº 1: Oferta de empleo que me va como anillo al dedo. Cumplo todos y cada uno de los requisitos: experiencia, idiomas, estudios... Recibo respuesta negativa a la solicitud. Argumento esgrimido (cito textualmente): "sus cualificaciones no cumplen EN NINGÚN CASO los requerimientos del puesto"¿¡!? El estupor se apodera de mí. ¿Qué coño he estado haciendo toda mi vida entonces?

SITUACIÓN Nº 2: De nuevo, oferta de empleo apropiada. Preparo una completísima solicitud plagada de documentos (como se hace aquí siempre). Resalto especialmente los aspectos de mi trayectoria laboral interesantes para el puesto, y no tanto mi formación, ya que esta tiene menor relevancia en comparación con la experiencia (al menos eso me dicta la lógica). Tras deliberar varios días, me piden mi expediente universitario. Sabiendo donde me encuentro, esto cae dentro de lo normal, así que no le doy demasiada importancia y se lo envío. No es suficiente. Ahora quieren referencias de mi etapa universitaria. Aunque empieza a parecerme excesivo, procedo a facilitárselas también. Pero aún no había acabado la cosa. Lo siguiente que me solicitan son los expedientes completos de toda mi etapa académica, esto es, educación secundaria y ¡PRIMARIA! Ahí sí que ya se me desencaja la mandíbula directamente... ¿Qué me pedirán luego? ¿Las huellas digitales? ¿La partida de nacimiento? ¿El árbol genealógico? Pero, ¡pedazo de gilipollas! ¿De todo mi currículum y bagaje, lo que te interesa y por lo cual vas a decidir mi incorporación es mi nota de pretecnología en 2º de EGB? ¿¿Nos hemos vuelto locos o qué?? Sé porqué lo hacen y sé que así funciona este país, pero eso no significa que no sea completamente absurdo. ¿Qué peso puede tener esa lejana e insignificante fase de mi vida al lado de mi carrera profesional? ¿Acaso hay algo más importante que la experiencia acreditada (no exenta de la debida formación, claro está)?

SITUACIÓN Nº 3: Oferta de empleo apropiada salvo por un punto. A pesar de tener experiencia en puesto similar, mi titulación universitaria no corresponde exactamente con la que solicitan. Visto lo visto, cuento con que ese detalle será un talón de Aquiles insalvable. Naturalmente, la negativa no se hace esperar. Me descartan "porque mi formación académica no cumple los requerimientos". Una vez más, se la sudan los años de experiencia que tenga en esa actividad.

Finalmente, llega la escena que me da la puntilla.

SITUACIÓN Nº 4: Oficina de empleo. Me convocan para estudiar mis expectativas actuales y la evolución desde la última reunión. Me preguntan cómo va la búsqueda, le explico que la cosa sigue chunga, hablamos de esto y lo otro... Puro trámite. Conclusión de la charla: "tenga usted este folleto; ahí se explica cómo solicitar que le reconozcan oficialmente sus títulos extranjeros en Alemania". ¡Lo que me faltaba por ver! Es que los títulos que dan en el extranjero son de tómbola, por lo visto. Parece ser que las matemáticas, la física o la química se rigen por leyes distintas aquí que en el resto del universo, por eso no valen las que estudiamos fuera. ¡Hay que joderse!

Este tipo de actitudes me recuerdan mucho a lo que ocurre en otros países avanzados del mundo. El saberse por delante del resto en muchos aspectos les hace caer en una enorme soberbia con extrema facilidad. A menudo se creen que todo lo de fuera es peor y que solo ellos saben hacer bien las cosas. Una falta de criterio que considero profundamente absurda y discriminatoria, y que ilustra un carácter elitista muy extendido en estas sociedades.

Naturalmente, admito que debe existir cierto control sobre las titulaciones "importadas"; es verdad que hay de todo por el mundo adelante. Comprendo que se exijan garantías en ese sentido, pero las situaciones que me han ocurrido me parecen completamente irracionales, porque:

  1. Estamos hablando de países pertenecientes a la UE; esas garantías se presuponen. Si no es así, apaga y vámonos, que desmonten el chiringuito de una vez.
  2. No soy un recién licenciado, tengo una experiencia detrás. Es decir, otras empresas ya han comprobado que mis títulos no son "de palo".
  3. Ya he trabajado en Alemania. O sea, otros congéneres suyos ya le han dado el visto bueno a mi formación, por si es que sus selectos paladares solo aceptan el rasero nacional.
Así pues, no pienso ir como un corderito a pedir su beneplácito para mis títulos españoles. Por lo que a mí respecta, pueden esperar sentados. Y si deciden rechazarme por semejante chorrada, me voy con la conciencia muy tranquila y la cabeza bien alta. Ellos se lo pierden.

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jueves, 23 de mayo de 2013

Recursos inhumanos

Resulta evidente que este mundo apesta cada vez más. Lo hace por los cuatro costados, de tal manera que la escasa moral que pudo existir algún día está cerca de esfumarse por completo. Nada importa salvo hacer dinero y medrar a toda costa. Se pisa a quien haga falta sin la menor consideración por su dignidad. Políticos y banqueros representan como nadie esa vil bajeza del ser humano, pero esta filosofía que impera en nuestros días puede observarse en muchos otros colectivos, como el que voy a tratar hoy: los llamados reclutadores, cazatalentos o headhunters.


Para ser sincero, los departamentos de RR.HH. no han sido nunca santo de mi devoción. Quizá haya tenido mala suerte con los que me han tocado, no lo sé, pero la realidad es que he visto siempre comportamientos despreciables por su parte, en distintas empresas y con distintas personas.

El caso es que, en la situación de necesidad que vivimos, muchos han visto la oportunidad de convertirse en buscadores de personal para las empresas. Algunos han creado agencias de reclutamiento y otros trabajan por cuenta propia, incluso desde casa. Las empresas acuden a ellos para demandar un determinado perfil profesional y ellos les proporcionan una serie de personas que cumplen los requisitos. Naturalmente, no les resulta difícil hacerse con montones de CV's de gente deseosa de trabajar, y las empresas aceptan pagar sus servicios para evitarse esa primera criba.

Si uno visita las webs de esos "cazadores", observa unos rasgos comunes a todos ellos. Proclaman a los cuatro vientos su especial vocación por las personas de las que dicen estar al servicio y explican cómo su inigualable ojo clínico les permite identificar el talento evitando que se desperdicie, restaurando así el equilibrio cósmico de forma puramente altruista. 

¡Menuda sarta de mentiras! A esos tiburones, las personas y el talento les importan un carajo.

A lo largo de mi trayectoria he tenido contacto con un buen número de estos elementos. Prometo que, cada vez que me topo con uno nuevo, dejo de lado cualquier prejuicio y le concedo la presunción de inocencia. Aún así, tienen la asombrosa capacidad de defraudarme en un tiempo récord. En los últimos meses la frecuencia de contacto se ha incrementado todavía más, debido a mi situación, deparándome en todos los casos resultados infructuosos. Ojo, no por el hecho de no conseguir trabajo, sino por el comportamiento lamentable que han tenido. Acepto sin rechistar que no me den un empleo porque no soy la persona indicada, pero no admito que me traten sin el más mínimo respeto. Por ahí no paso.

Os contaré un caso que me ocurrió hace ya tiempo, cuando aún trabajaba. En aquel entonces no estaba buscando trabajo, por lo que no había iniciado ninguna gestión, ni enviado solicitudes, ni datos, ni nada parecido. Bien. Pues un día, me suena el teléfono en el trabajo. Alguien pregunta por mí. "Sí, soy yo" —respondo—. Entonces, el fulano me suelta sin más preámbulos que si estaría interesado en cambiar de empleo, que su cliente es una empresa muy potente, que si patatín que si patatán... Hace falta tener poca vergüenza. Un tío consigue mi teléfono del trabajo sin que yo se lo dé, me llama en plena jornada laboral y me propone dejarlo para irme a otro lado. De entrada, lo considero una flagrante invasión de la intimidad, pero es que aparte podía haberme buscado un lío con mi empresa. El trabajo ya es un bien tan preciado que, solo por venir ofreciéndolo, se creen con derecho a abordarme sin el más mínimo tacto.

Más ejemplos recientes. Alguien que no conozco se pone en contacto conmigo, me habla de una supuesta oferta de empleo, me pregunta si me interesa y me pide que le envíe mi CV y otra información adicional. Propone concertar una entrevista telefónica para comentar un poco los detalles de mi experiencia y tal. Lo típico. Naturalmente valoro la oferta y, al ver que me interesa, accedo. Le indico que estoy de acuerdo y que hablaremos, y procedo a enviarle lo que solicita. Automáticamente, en ese momento el tío se desvanece y no vuelvo a recibir noticias suyas. Le mando un par de correos para ver qué pasa y no me contesta. De la oferta nunca más se supo.

Con algunas variaciones en la historiaasí a bote pronto, puedo recordar media docena de ocasiones en las que se ha repetido esta misma experiencia en los últimos meses.

Ante estos hechos, evidentemente, uno se pregunta: ¿A qué coño juega esta gentuza? ¿Qué pretenden con esa tomadura de pelo? Muy sencillo: simplemente buscan incrementar su particular nómina de candidatos. Muchos de esos indeseables necesitan ampliar el elenco de nombres que poder ofrecer a las empresas, y la forma que tienen de hacerlo es esta. Te ofrecen un hipotético puesto —que a veces directamente se inventan— para conseguir tu CV y todos tus datos de contacto. A partir de ahí, si te he visto no me acuerdo. Ya tienen lo que querían: tu ficha.

Después, si tu perfil encaja, se lo ofrecerán a una empresa que puede llegar a pagar por tu CV aunque no te contrate. Un CV que el reclutador, recordemos, ha obtenido gratis de ti. Uno de ellos tuvo incluso la desfachatez de pedirme que no enviara solicitudes a más empresas, porque así ya tendrían mis datos y él no podría vendérselos. ¡Con dos cojones!

Hay que ser muy ruin para aprovecharse de los dramas de la gente, como es este del desempleo. Para esas sabandijas sin escrúpulos, las personas son simple ganado con el que comerciar.

Tristemente, en la selección de personal y los RR.HH. hace mucho tiempo que todo vale. Gestionar algo tan valioso como los puestos de trabajo les confiere el poder de jugar a ser Dios y decidir a su antojo el futuro de la gente. Avasallar a las personas y dilapidar el talento son prácticas comunes, mientras que escaseala honestidad, el respeto y la elegancia. Lo tenemos crudo aquellos que no contamos con la amistad de algún gerente o cargo importante. Así están las cosas.

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viernes, 12 de abril de 2013

Mi visión de Alemania

Todo lo que tiene que ver con Alemania está de moda, algo que probablemente debemos agradecer a la actual situación financiera. Será por eso que la literatura dedicada a su "obra y milagros" se ha incrementado exponencialmente en los últimos años. Si antes era habitual recurrir a tópicos sin conocer demasiado el asunto, ahora es fácil encontrar impresiones de gente que lo padece vive en sus carnes. Es muy interesante leer esas experiencias pues, a pesar de ser personales, poseen puntos en común que ayudan a comprender el verdadero carácter del país.

Todo el que se precia de escribir un blog con esta temática suele ir contando sus impresiones generales sobre la nación que le acoge y sus gentes. Yo no voy a ser menos. A las diversas pinceladas que ya he ido dejando añadiré hoy otra batería de cosas, algunas de las cuales equilibran un poquito la balanza tras la entrada anterior.



Una de las principales características de la sociedad alemana es su rigidez a todos los niveles. Se rigen por férreas normas y costumbres de las cuales difícilmente se apartan. Es muy inusual que un alemán se salga del guion, para bien o para mal. Puede decirse que el prejuicio de cuadriculados está más que justificado. Un ejemplo es su obsesión con la hora y la estructura de sus hábitos semanales, que describiré próximamente. Por supuesto que a veces se divierten, cantan y bailan, pero eso también forma parte del guion. Lo hacen solo cuando toca. El resto del tiempo son más secos que la mojama.

Esta rigidez afecta de pleno a las relaciones humanas. Entablar contacto con la gente es una empresa complicada y el trato se restringe a lo imprescindible. Los escasos diálogos suceden generalmente con educación, eso es cierto. Nunca faltan los buenos días, gracias y por favor, pero arrancar algo más puede considerarse un milagro. Puedes vivir meses o años junto a los mismos vecinos, que ellos seguirán tratándote de usted y dándote nada más que los buenos días. Dudo que lo hagan por mal, simplemente no tienen la espontaneidad y calidez propias del carácter latino.

Pienso que lo anterior también tiene mucho que ver con el individualismo y la autosuficiencia, dos rasgos muy característicos de esta cultura. Por lo general, a nadie le interesa la vida de los otros y son, a su vez, celosos de su vida privada. Por eso es difícil que se produzcan conversaciones personales más profundas.

Pero el concepto de autosuficiencia va más allá. Existe una actitud muy arraigada de resolverse uno mismo sus propios problemas, sin recurrir a nadie, hasta el punto de que ofrecer ayuda pueda resultar hasta ofensivo en ocasiones. Por regla general, nadie se molesta en echarte una mano con tus problemas, por lo que no conviene esperar ayuda a priori. Hay que arreglárselas solo.

Todos los factores hasta aquí mencionados hacen de este un país tremendamente inhospitalario. Nada ni nadie facilita la integración al forastero. Al contrario (he sufrido ejemplos de ello). Te sientes constantemente un extraño fuera de lugar allá por donde vayas.

Como iba diciendo, nadie se mete en tu vida... salvo si se te ocurre cometer alguna infracción. Eso siempre les incumbe. Podrías dejar tu coche abierto y con las llaves puestas en pleno centro y probablemente seguiría allí dos horas después. Ahora, apárcalo por error en un lugar inapropiado y antes de bajarte de él recibirás la severa reprimenda del primer transeúnte que pase. Los alemanes viven con el deseo irrefrenable de hacer cumplir las normas, ¡no desaprovechan la ocasión de reprochar al que no lo hace! Faltar a ese código los convierte en verdaderos proscritos rechazados por sus congéneres. Sin entrar en que sean más o menos cívicos, la clave es que tienen mucho más miedo a las consecuencias. Aquí las autoridades no tienen remilgos con los delincuentes, por eso no se mea fuera del tiesto tan fácilmente.

Además, esta costumbre casa a la perfección con otra de sus grandes aficiones: discutirlo y protestarlo todo. Cualquier tema, por nimio que sea, es susceptible de generar controversias y acalorados debates en los que nadie da nunca su brazo a torcer.

Una de las partes más negativas para mí (aparte del clima, ya comentado) es la comida, cuya calidad deja bastante que desear en comparación con la excelente gastronomía española. Admito que hay carne aceptable, pero el pescado... es horrible, carísimo y rara vez fresco. Esto remueve los cimientos de la pirámide alimenticia para alguien como yo, tan "pescadívoro" como carnívoro. Los platos típicos regionales me gustan, no lo niego, pero la variedad del menú es muy reducida si has de comer fuera de casa. Prácticamente, de cada tres comidas, una es Schnitzel (filete empanado), otra es salchicha y la tercera, la especialidad de la zona (que a veces es Schnitzel o salchicha). Ya digo que me gusta, pero acaba saliéndote por las orejas de tanto repetir lo mismo, sinceramente.

Hay que decir que aquí no se disfruta del momento de la comida como en España, al menos entre semana. No existe ese componente social en la mesa. Los que optan por el menú de la cantina comen a una velocidad endiablada, más bien engullen como fieras famélicas. Otros se llevan al trabajo cualquier cosa sencilla que para nosotros no tendría rango de comida, como un sándwich o una pequeña ensalada. Buscan solo un tentempié que puedan despachar deprisa y los mantenga con vida. En la empresa yo terminaba siempre de último, bajo sus miradas de desesperación por la espera. La comida es uno de los momentos del día en que yo desconecto. Odio que me lo amarguen, así que al final opté por comer solo siempre que podía. Me gusta disfrutar de la comida con pausa y, por supuesto, ¡sin discusiones de trabajo! 
 
Entre los mitos que se me han desplomado está el de las carreteras. Gran parte de las autopistas alemanas son mucho peores que las españolas. A pesar de estar en obras perpetuamente, uno se pregunta cómo es posible que tengan un firme tan desastroso. ¿Es esta la famosa y mundialmente admirada Autobahn? ¡Pues vaya! Vale que la endemoniada densidad de tráfico que soportan a diario debe causar estragos, y que aquí ya tenían autopistas cuando nosotros usábamos carros tirados por vacas. Pero aún así, pienso que deberían estar mucho mejor, sobre todo teniendo en cuenta las altas velocidades a las que está permitido circular por ellas. 

Y eso de que son gratis... en fin, las financian nuestros astronómicos impuestos. Que digo yo, pagando esos impuestos, es lógico tener servicios, ¿no? Lo ilógico sería no tenerlos.  Es que me hace gracia cuando se alaban ciertos servicios de aquí. No hay nada que alabar. Mérito sería tenerlos sin pagar esos impuestos, ¡qué coño! Como se dice en román paladino: con buena picha, bien se jode. 

Por cierto, le pese a quien le pese, afirmo rotundamente que los alemanes conducen como el culo. No importa cuántos carriles tengan disponibles, ellos conducirán siempre por el situado más a la izquierda. Los demás permanecen impolutos para uso exclusivo de camiones (cuando no les da por adelantar también) y quizá para algún extranjero sin prisa, harto de verse sometido a una presión agobiante cada vez que trata de hacer una incursión en el carril de la izquierda. 
 
No obstante, lo que sí es una gozada es tener media Europa a tiro de piedra. En pocas horas de coche te pones en infinidad de sitios interesantes.
 
Para ir acabando, algo que yo no esperaba es que fuese una sociedad tan clasista. Entre otras cosas, padecen de una "titulitis" galopante. Deben pensar que, habiendo invertido tantos años y dinero en sus estudios, es obligado mostrárselo al mundo. Quizá por eso anteponen todos los títulos posibles a su nombre, lo cual desemboca en una simpática ristra de abreviaturas de todas las hazañas académicas del individuo en cuestión. Y no es raro que además se hagan llamar por sus títulos. Resulta muy gracioso ver por ahí escritas retahílas del tipo: 
 
Herr Prof. Dr. rer. nat. habil. Fulano de Tal
 
En esta misma línea, fueron también inesperadas las numerosas connotaciones machistas que existen. Por ejemplo, un sistema impositivo diseñado para que la mujer se quede en casa en vez de trabajar fuera (lo contrario no compensa económicamente). Pero bueno, estos asuntos ya los cuenta mamaenalemania magistralmente.

sábado, 30 de marzo de 2013

La "montaña rusa" del emigrante

Al tomar el camino de la emigración, es normal experimentar una secuencia de sensaciones muy dispares con respecto al país de acogida. La percepción de las cosas varía considerablemente de un extremo a otro según te vas sumergiendo en el entorno. En ciertos momentos te gusta y crees que has tomado la mejor decisión. Otras veces, en cambio, detestas aquello y deseas largarte para perderlo de vista. Al menos así es como me ha ido pasando a mí, no sé si otras personas coincidirán conmigo. Esos extremos o altibajos que comento, se asemejan de alguna manera a los de una montaña rusa, de ahí que haya elegido esa especie de metáfora para el título de esta entrada.



Dejando de lado cambios puntuales sufridos según lo complicado que se presente el día, distinguiría, a grandes rasgos, tres etapas por las que he pasado desde que empezó esta aventura. Las dos primeras son (y deben ser) transitorias, como estaciones del camino que conduce a la tercera, esta firme y duradera. Os explicaré en qué consisten.

Ya he hablado otras veces de la imagen distorsionada que, en general, tenemos de ciertos lugares, así como de los complejos que padecemos en ese sentido. De ahí que la primera impresión se vea inevitablemente influida por eso. Llegué con la idea instalada de que todo era maravilloso, asombroso y un ejemplo a seguir. Admiraba aspectos de la cultura y sociedad alemana, que consideraba infinitamente adelantada a la nuestra. Sanidad, educación, servicios, infraestructuras, etc, etc. Casi todo se presupone superior a lo que tenemos nosotros. Así, la tendencia inicial es a valorar cualquier cosa que encuentras mejor que las de tu país. Puede decirse que esta primera fase se parece a los comienzos de una pareja, donde sólo se observan virtudes en quien tienes al lado. Es la novedad y estás entusiasmado con todo.

Sin embargo, luego llegan los roces, los problemas, las decepciones, los desengaños... Empiezas a conocer todo a fondo, ves que hay más defectos de los que creías al principio y éstos comienzan a imponerse a las virtudes que antes alababas. La interminable sucesión de bofetones que te va propinando la realidad hace que, transcurrido un tiempo, termines por pasarte completamente al otro extremo. Ahora te vuelves crítico hasta la médula, te ensañas con cada cosa que no te gusta poniéndola a caer de un burro y te rebelas contra un entorno que por momentos aborreces.

Es entonces cuando sale a relucir el orgullo patrio que llevas dentro. Empiezas a darte cuenta de que en tu país, del que tanto te quejabas, se hacen muchas cosas mucho mejor que allí. Y las que no se hacen podrían hacerse. "Tenemos tanta capacidad o más que ellos", piensas. Aprovechas la mínima ocasión para ponerlo de evidencia y demostrarlo ante cualquiera. Vamos, paseas tu bandera si hace falta, lleno de orgullo como nunca (y si encima se suceden los triunfos deportivos de los nuestros, ni te cuento. ¡Qué bien sienta callar ciertas bocas impertinentes y prepotentes!).

Lo que ocurre es que esa segunda fase es muy peligrosa. Por eso decía que debe ser transitoria. No creo que sea necesariamente malo pasar por ella, ya que es parte del aprendizaje, pero resultaría muy destructiva si uno se queda ahí estancado. Si no eres capaz de avanzar puedes convertirte en un marginal resentido. Ver cada día sólo la cara más desagradable del lugar te impedirá disfrutar de la cara agradable que, aunque a menudo se empeña en ocultarse, también existe.

Así, si consigues superar esa etapa, llegas finalmente a la última, donde por fin alcanzas cierto equilibrio. Ya conoces lo suficiente para saber qué es lo bueno y qué es lo malo. Y lo más importante: aprendes a disfrutar de lo bueno y a sobrellevar lo malo (si bien unas veces mejor que otras). Tienes una opinión formada que ahora está basada en hechos conocidos y no en prejuicios. En general, resulta más fácil valorar las cosas en su justa medida. Yo diría que es entonces cuando empiezas a estar adaptado.

Como digo, yo pasé por todas esas fases. En mi caso particular he de decir que la primera me duró muy muy poco. Los desengaños empezaron enseguida, nada más llegar. Quizá por eso permanecí en la segunda más tiempo del que sería deseable. Pero por suerte conseguí llegar a la última, en la que me encuentro. Imagino que si sigo aquí más años acabaré pasando aún por otras nuevas etapas. Incluso es probable que la perspectiva del tiempo cambie el modo en que veo las anteriormente descritas, pero así es como lo percibo ahora mismo, tras dos años de emigración.

¿Coincides con esta visión o has tenido una experiencia distinta? Puedes compartirlo si quieres.

miércoles, 27 de marzo de 2013

¿Y ahora qué?

Un día llegas al trabajo y te llaman a una habitación. Te explican que la empresa pasa por dificultades que le obligan a tomar decisiones drásticas y, antes de que te des cuenta, estás recogiendo tus cosas del lugar de trabajo y saliendo de allí para no volver. Estás despedido. ¿Y ahora qué?



Esta pregunta ya es difícil de responder ante tal situación estando en tu tierra. Pero si además resulta que estás en otro país, las preocupaciones que te asaltan sobre tu futuro hacen que tu vida se parezca de repente a un túnel sin salida. Desconoces las leyes, los procedimientos y hasta tus derechos básicos, y encima no puedes expresarte plenamente a causa del idioma. Una experiencia francamente desagradable, la verdad.

Cuando eso ocurrió, empecé a buscar soluciones y a hacerme infinidad de preguntas. Por ejemplo, de repente debía replantearme mi lugar de residencia: "¿Me quedo en Alemania? ¿Me vuelvo a España? ¿Huyo hacia adelante y pruebo en otro país?" Estas cuestiones en particular se fueron respondiendo solas a medida que recogía información por el camino. Es de lo que hablaré a continuación. Otras muchas, sin embargo, aún siguen sin respuesta.

Personalmente, mi decepción fue de tal magnitud que me hizo perder las ganas de seguir dando tumbos por el mundo. No podía quitarme de la cabeza un pensamiento: tanto sacrificio para terminar así; para eso es mejor estar en mi casa. Si hubiese tenido una varita mágica que me permitiese hacer lo que quisiera, yo hubiera vuelto a casa inmediatamente tras el despido. Es verdad que luego he ido relativizándolo un poco, pero la enorme decepción no se borrará nunca. Hasta tal punto es así, que muchos de mis puntos de vista han cambiado.

Si miro atrás me asombro al pensar con qué decisión me lancé a la emigración. A veces creo que debía estar loco para elegir este camino, pero no me asustaba y estaba convencido de que quería hacerlo. Ahora en cambio, con todo lo ocurrido, esas ganas han desaparecido, y he dejado de pensar que la mejor forma de mejorar es irse a otro país (puede que en otra entrada desarrolle el porqué).

En cualquier caso, pese a mis muchas meditaciones y deseos, es la realidad la que de momento se encarga de decidir por mí.

En primer lugar, la búsqueda de trabajo en ciertos países se trunca de nuevo a causa de sus respectivos idiomas (una lección que ya aprendí). A esto se suma el hecho de que no estoy muy por la labor de volver a empezar de cero. Después de haber superado ya aquí las dificultades iniciales y conseguir adaptarme... sería como en el parchís volver a la casilla de salida cuando llevas todo el tablero recorrido. No pensaba así hace unos meses, cuando seguía atraído por conocer otros países. Pero como digo, ahora mis prioridades han cambiado.

En segundo lugar, lo de encontrar trabajo en España ya sabemos cómo está. Desde el primer momento tuve que resignarme en este sentido. Salvo milagro improbable, es una utopía volver ahora.

Por tanto, parece que la opción de permanecer en Alemania es la más adecuada. Y en efecto, así es. Tiene que serlo a co..nes, porque es la única. No sólo por eliminación, sino también por motivos legales derivados de la normativa europea en materia de desempleo.

Me explico.

Simplificando mucho para no aburrir: los periodos trabajados en cualquier país de la unión se computan para calcular cuánto tiempo de paro te corresponde (para lo cual se necesita el formulario europeo PD U1; no entraré en eso ahora, si alguien tiene interés no tengo inconveniente en contestar preguntas). Pero tienes derecho a percibir la prestación en el país donde nació tal derecho. En mi caso, Alemania (que es donde me quedé en paro), no España (a pesar de que allí haya cotizado más años).

Eso por un lado está bien, porque obviamente la prestación es de mayor cuantía en Alemania. Pero por otro lado no tanto, porque la prestación dura menos tiempo (en mis condiciones, la mitad, para ser exactos).

La consecuencia es que, si quisiera volver a España ahora, tendría que hacerlo con una mano delante y otra detrás, puesto que trabajo no hay y allí no tengo derecho a paro, lo que sería una verdadera locura. De ahí que quedarme en Alemania sea mi única opción razonable de momento.

Es cierto, como muchos sabréis, que la legislación europea permite exportar la prestación por desempleo entre países de la unión (formulario PD U2). Pero tan solo puedes "llevarte" tres meses, tengas el tiempo que tengas. Es decir, si te queda por ejemplo un año entero de paro y solicitas su exportación a otro país, te conceden tres de esos doce meses. Una vez transcurridos esos tres meses, si sigues en paro y no vuelves al país de origen, el resto lo pierdes definitivamente.

Así pues, todavía no es una opción para mí. Ese tiempo lo consumiría prácticamente ya sólo en mudarme. Hoy por hoy, sólo puedo plantearme volver a España si tengo trabajo, lo cual es sinónimo de decir que no puedo volver.

Lo peor de este galimatías legal es que también obstaculiza otra de las vías para intentar salir adelante: crear mi propia empresa. Dado que no tengo derecho a paro en España, no puedo acogerme a la famosa capitalización del mismo ni a ninguna otra de las supuestas ventajas que anuncian para emprendedores. A no ser, claro está, que me la juegue y haga un salto mortal sin red (todo llegará...).

En conclusión, quiera o no quiera, estoy atrapado aquí. Todo lo que puedo hacer por ahora es seguir buscando trabajo. Si en los próximos meses consigo encontrarlo, pues bien. Si por el contrario no es así y nada cambia, mi condición de emigrante tiene ya fecha de caducidad, y ésta coincide con la de mi derecho a percibir paro. A partir de ahí me convertiré en un emigrante retornado prematuro. Siguiendo mis propios consejos, me niego a permanecer aquí careciendo de ingresos, aunque ello suponga volver a casa derrotado y con el rabo entre las piernas.

Veremos lo que depara el futuro inmediato.