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sábado, 1 de marzo de 2014

5 pasos y 5 consejos para establecerse en Alemania

Pues nada, un año de blog. No me van ni los típicos balances ni las rimbombancias que se estilan en estas ocasiones, así que he decidido conmemorar la efeméride de un modo sencillo —aunque útil, espero—, echando la vista unos añitos atrás para recordar cómo fue mi llegada a Alemania.


Cuando decidí que quería venirme a este país, tenía bastante claro a qué puerta debía llamar primero. Sabía que mi historial era muy propicio para lograr que me la abrieran. La solicitud que presenté estaba muy lejos de cumplir con los estándares alemanes —por entonces no tenía ni idea de cómo se las gastaban en este asunto—, pero fue suficiente para despertar su interés. Así, tres entrevistas más tarde, obtuve mi contrato. Conseguir aquel trabajo fue relativamente sencillo, lo que a la postre resultó ser una manzana envenenada. Fue lo único fácil de todo lo que vendría después...

Mi llegada empezó siendo ilusionante —a la par que inquietante y caótica—, si bien pronto se convertiría en decepcionante y frustrante, cosa que debo "agradecer" en gran medida a aquella primera empresa. He de decir que, debido al descontrol que gobernaba mi vida en esos días, no recuerdo con total precisión los detalles referentes a los trámites burocráticos. Por eso, no pretendo escribir la guía definitiva para instalarse aquí, ya que me extendería muchísimo y, aún así, presentaría numerosas lagunas. Simplemente me limitaré a contar cómo sucedió en mi caso.

1) Ayuntamiento

Lo primero —tema vivienda aparte— fue el registro en el ayuntamiento, la llave para todo lo demás. A través de ellos, otros estamentos administrativos fueron informados de mi presencia en el país, con lo que me expidieron todas las identificaciones de las que carecía como nuevo residente. Me asignaron número de identificación fiscal y de seguridad social, que recibí por correo en la dirección indicada en el registro. Además, se notificó mi llegada a la oficina de extranjería. Para ciudadanos de la UE esto no debería suponer grandes problemas, aunque últimamente parece que las aguas bajan un tanto revueltas por Europa... A mí, por entonces, me enviaron una carta pidiéndome copia del pasaporte, del seguro de salud y del contrato de trabajo. Después de mandárselas me confirmaron por escrito que disponía de permiso de residencia. Desde entonces no he vuelto a saber de ellos.

Consejo: conviene pedir en el ayuntamiento un certificado de empadronamiento y, junto con el justificante de registro, hacerle unas cuantas copias. En este país tienen la "bendita" costumbre de pedir ese dichoso certificado para TODO. En algún caso no me lo cobraron, pero normalmente sí (5€).

2) Banco

Una de mis primeras acciones nada más llegar fue abrir una cuenta corriente para poder cobrar la nómina y afrontar los numerosos pagos iniciales.

Consejo: los Volksbank o Sparkasse resultan muy prácticos por su cercanía. Están prácticamente en cada rincón de Alemania, lo que garantiza tener siempre oficinas y cajeros a mano. La parte negativa, sin embargo, pueden ser sus comisiones. Otra alternativa a valorar puede ser la banca por internet.

3) Hacienda

Esta es la parte de la que guardo recuerdos más confusos, sobre todo por mi desconocimiento del idioma y de las normas fiscales. Sé que me hicieron rellenar un formulario y poco más —suerte que me echaron un cable, porque si no, aún estaría allí intentando rellenarlo—. Recibí entonces mi tarjeta de impuestos, que posteriormente tuve que entregar a la empresa (puede que esto sea distinto ahora, ya que en 2013 se implementó un procedimiento electrónico).

Consejo: el sistema fiscal alemán establece diversas clases impositivas según las circunstancias personales de cada uno. No está de más familiarizarse previamente con esa estructura para saber un poco de qué te están hablando. De modo muy resumido, estas son las 6 clases que existen:
  • Clase I: trabajadores solteros, separados, divorciados, viudos cuyo cónyuge falleciese antes de 2012, inscritos como pareja de hecho y casados cuyo cónyuge resida en el extranjero.
  • Clase II: trabajadores que, en las condiciones citadas para la clase I, tengan algún hijo oficialmente a su cargo.
  • Clase III: trabajadores casados (no separados) cuyo cónyuge no perciba salario (o perciba uno mucho más bajo que el propio). Trabajadores viudos cuyo cónyuge falleciese después de 2011 y viviesen juntos en Alemania.
  • Clase IV: trabajadores casados (no separados) cuyo cónyuge perciba un salario similar al propio.
  • Clase V: cónyuges de aquellos trabajadores encuadrados en la clase III.
  • Clase VI: trabajadores que perciban simultáneamente salarios de más de un empleador.

4) Seguro médico

A continuación tocaba afiliarme a una de las cajas de enfermedad o aseguradoras que proveen del seguro obligatorio de salud. Básicamente, se trata de pasarse por una oficina y contratar sus servicios rellenando los pertinentes formularios (nota: necesité el número de la seguridad social). Al poco tiempo me enviaron la tarjeta sanitaria, imprescindible para recibir atención médica.

Consejo: existen seguros públicos y privados, pero estos últimos están restringidos a personas cuyos ingresos brutos superen una cantidad fijada cada año (en 2014, 53.550€/anuales). Aún estando en disposición de optar al privado, su funcionamiento requiere un buen conocimiento del mismo. Por tanto, puede ser preferible decantarse al principio por uno público, que además cubre a todos los miembros de la unidad familiar.

5) Consulado

Para completar la ronda burocrática me registré en el consulado, donde me pidieron, junto con sus respectivas fotocopias: certificado de empadronamiento (el del ayuntamiento), foto de carnet, DNI, pasaporte, así como cubrir el formulario —uno másque me dieron allí.

Consejo: mejor llamar antes de ir (incluso más de una vez) para confirmar los documentos necesarios y si se requiere cita previa (el tiempo de espera puede ser de semanas o incluso meses). Esencial no olvidarse de nada para la cita —a los funcionarios no les dolerán prendas en hacerte repetir el viaje si falta algo—. La primera vez es frecuente pensar que el consulado es como un pedacito de tu país donde te van a recibir compatriotas calurosamente. ¡Error! Te recibirán con la misma apatía y desdén —o tal vez másque los funcionarios de casa.

Y esas fueron, que yo recuerde, las principales gestiones que realicé a mi llegada. A partir de ahí, la vorágine. Durante mi primer mes de estancia recibí fácilmente unas 10-15 cartas entre unas cosas y otras. Números de afiliación, tarjetas, contratos, petición de documentos, confirmación de datos, reconfirmación de la confirmación, etc, etc, etc. Sinceramente, cuando lo pienso, hay cosas que, todavía ahora, varios años después, no me explico cómo demonios conseguí arreglar sin tener ni idea de nada.

Por cierto, para más información sobre otros asuntos relacionados con el cambio de residencia te recomiendo leer también estos artículos:

Alquiler de vivienda en Alemania
Manual del inmigrante
Cambiar matrícula española por alemana en 10 pasos

sábado, 21 de diciembre de 2013

Alemania a cualquier precio

Irse a Alemania está de moda. Trabajo, buen sueldo y preciosos mercadillos navideños. ¡Cómo mola! Pero, lo siento, para ver bonitas estampas de nieve, lucecitas y árboles decorados tendrás que cambiar de página —no te costará encontrar una de esas—. Ese no es mi estilo, así que voy a hablar de algo mucho menos festivo y glamuroso. Se trata de una oferta que he visto últimamente para unas prácticas remuneradas en Alemania.


La susodicha oferta se dirige a personas entre 18 y 29 años que tengan la ESO como mínimo, aunque aceptan gente con Bachillerato, FP y hasta universitarios. No se requieren conocimientos previos de alemán. Los seleccionados recibirán un curso de alemán básico (3 meses) en una ciudad española, donde deberán correr con los gastos de alojamiento, y luego otro (2 meses) ya en Alemania, este con alojamiento a cargo de la empresa. La duración de las prácticas se estima entre 2 y 3 años, en los que la remuneración será de unos 800€ brutos al mes. Finalizadas las prácticas, el candidato podría incorporarse a la empresa percibiendo unos 26.000€ brutos al año.

Bien. Hasta aquí los datos objetivos. Ahora mi punto de vista personal:

Sin conocimientos previos, el curso básico de alemán te servirá para dar los buenos días y la hora a duras penas. Poco más. Durante los 3 meses de curso en España, a no ser que tengas la suerte de vivir en la ciudad donde se imparte, empiezas a soltar pasta, porque tienes que mudarte por tu cuenta. Para el curso en Alemania no pagas alojamiento, pero esos 2 meses serán escasos para encontrar un lugar digno donde vivir después, el cual ya tendrás que pagar de tu bolsillo. Con un sueldo de 800€ brutos (unos 600€ netos) te podrás permitir una habitación y vas que ardes. Pero te recuerdo que aún tienes que comer. Como no tengas más dinero que el de estas prácticas, vas a comer muy, pero que muy mal. Y ya no hablo de divertirse ni nada por el estilo… Ah, y tampoco olvides que seguirás sin tener ni idea de alemán, o sea que tu vida se parecerá en muchos momentos a una pesadilla.

Por fin, si aguantas esos 2-3 años sin desquiciarte ni morir de inanición, existe la posibilidad —no la garantía— de que pases a estar en plantilla, con un sueldo de 26.000€ brutos anuales. Suponiendo 12 pagas y sin entrar al detalle de tus circunstancias personales, eso son del orden de 1400-1600€ limpios al mes. Esto, comparado con España, puede parecer una cifra interesante, y no digo yo que sea para despreciarla —sobre todo cuando no se tiene nada—, pero con esa cantidad aquí no irás sobrado precisamente. Por ejemplo, solo el alquiler de un piso normalito puede llevarse prácticamente la mitad de ese sueldo.

En definitiva, no niego que ofertas de este tipo pueden suponer una ocasión para alguien que no la tiene en España, pero hago este análisis para mostrar que hay que pensarlo muy bien. No es tan sencillo como agarrar la maleta y largarse. Analiza todos los detalles detenidamente antes de dar el paso. Ya he dado mis motivos por los que creo que emigrar no es la solución. Si aún así tienes claro que es eso lo que quieres, te garantizo que no va a ser fácil, así que dos recomendaciones: 1ª) nunca bajes los brazos ante las dificultades ni dejes de pelear; 2ª) trabaja, trabaja, trabaja duro cada día hagas lo que hagas.

sábado, 28 de septiembre de 2013

Sobrevivir al fracaso

Tras las innumerables vueltas y revueltas de los últimos meses, vuelvo a tener un empleo. No quiere decir esto que haya salido del atolladero. Primero, porque he perdido en varios aspectos con respecto a mi anterior trabajo. Segundo, porque no tengo más remedio que quedarme en Alemania, y la deseada vuelta a casa sigue siendo una utopía. No obstante, he decidido comentar algunas acciones que me han servido para reconducir —aunque solo sea levemente— la situación. Porque, en la vida, hay momentos para avanzar a toda vela y otros en los que toca aguantar el chaparrón minimizando los daños del navío.

Siempre es duro sobreponerse a un fracaso y, desde luego, yo no poseo una fórmula mágica para ello. Sin embargo, una cosa tengo clara: difícilmente puedo resolver un problema negando su existencia. Por eso, creo que se debe comenzar llamándole a las cosas por su nombre. Hay que dejarse de chorradas y asumir la realidad: HE FRACASADO. Punto. De lo contrario me estoy engañando.

A continuación toca reflexionar profunda y serenamente sobre los factores que han provocado ese desenlace. Y en este punto es necesaria una gran dósis de autocrítica. Naturalmente que existen causas externas que no he podido controlar, pero es imprescindible identificar y reconocer mis propios errores.

Es entonces cuando puedo corregir aquello que he hecho mal. En este sentido, yo he procurado trabajar sobre mis 3 "pecados capitales", los cuales fueron objeto de sendas entradas en este blog:
  1. El idioma. Es temerario, a la par que ingenuo, creer que se puede desarrollar una vida plena en un país desconociendo su lengua. He intentado subsanar este error garrafal mejorando mi nivel de alemán y, si alguien duda de que este es un factor decisivo, le diré una cosa: SOLAMENTE me llegaron ofertas cuando convencí a las empresas de que podía comunicarme en su idioma.
  2. Las apariencias. La imagen que las empresas venden de sí mismas raras veces se corresponde con la realidad. A estas alturas, he experimentado lo suficiente para saber que TODAS son iguales. Uno no sabe dónde se mete hasta que está dentro, y Alemania no es diferente en eso. Dentro de lo posible, esta vez he tratado de juzgar con mayor objetividad las alternativas que se me presentaban. Aún así, no puede decirse que mi elección sea muy diferente de los sitios que he conocido antes.
  3. La especialización. El arma de doble filo. Centrarme en un campo muy específico me cerró casi todas las puertas cuando este se vino abajo. He tenido bastante claro qué línea(s) seguir para vencer este obstáculo, pero el proceso de reciclaje no está siendo fácil y, por ahora, solo lo he conseguido parcialmente. Me queda mucho que pelear, pero es un comienzo.
Con estas labores de "desescombro" he comenzado a corregir mis principales errores, pero ninguno de ellos está plenamente subsanado. Mi balance personal es que, de momento, he conseguido sobrevivir a este fracaso —que no es poco—, aunque no está superado todavía. Son varias las circunstancias que me mantienen al borde del abismo —entre otras, que volveré a visitar la agencia de empleo más pronto que tarde—, así que no puedo considerar satisfactorio el statu quo. 

Empleando un símil futbolero, digamos que la situación actual se asemeja a una racha de empates consecutivos. Si a continuación llega otra derrota, los empates no valdrán nada. Pero si lo que llega es una victoria, estos empates cobrarán valor y se verán como el inicio de la recuperación.

domingo, 18 de agosto de 2013

Repostar combustible

En Alemania, repostar no es algo que deba hacerse a la ligera. La práctica más extendida en España sigue siendo la de parar en la primera gasolinera que veas, sea la hora y el día que sea. Los que empleen ese método aquí están abocados al despilfarro. En una misma estación de servicio pueden verse tranquilamente diferencias de 10-15 céntimos/litro dependiendo del momento en que se llene el depósito. Por tanto, dejar el asunto en manos del azar puede aumentar el sufrimiento de nuestro bolsillo.


Los precios suelen seguir un esquema de comportamiento bastante regular casi todo el año, si bien hay épocas —principalmente fechas vacacionales— en las que puede romperse esa tónica. Excepciones aparte, hay dos reglas básicas que deben tenerse en cuenta para repostar de la forma más económica.

Mejor por la tarde

El combustible alcanza su precio más alto siempre a primera hora de la mañana, y va descendiendo progresivamente con el transcurso del día. A última hora de la tarde es cuando resulta más económico (hasta 10 céntimos/litro), justo antes del cierre de las gasolineras. Ojo, las que no cierran de noche vuelven a subir el precio al entrar en horario nocturno.

Fuente: observación propia y benzinpreis.de

Mejor a mitad de semana

El lunes suele ser el día más caro, presumiblemente debido a la mayor demanda —muchos hacen acopio de combustible para la semana—. En cambio, los días centrales de la semana suelen ser más propicios, sobre todo el miércoles.

Fuente: observación propia y benzinpreis.de

Otra pauta común que puede añadirse a estas dos reglas es que siempre resulta más caro repostar en autopista (4-8 céntimos/litro). Esto no es exclusivo de Alemania, pues es bien sabido que suele suceder lo mismo en otros países. En Francia, por ejemplo, se aprecian diferencias de hasta 15-20 céntimos/litro.

Como dije anteriormente, la tendencia puede modificarse a veces en función de la demanda. Por ello, pueden ser útiles páginas como benzinpreis.de (disponible en español), que actualizan constantemente estos y otros datos referentes al combustible.

En todo caso, siempre conviene analizar las particularidades de las gasolineras próximas, para localizar las más económicas en cada zona. Pueden encontrarse notables diferencias de precio entre establecimientos situados a poca distancia.

Y para terminar, dejo un par de recomendaciones relacionadas con el tema de hoy, para los que planeen escapadas por aquí.

Decir que los alemanes son poco amigos de la improvisación no es descubrir nada nuevo. Todo lo referido a movilidad está cuidadosamente estudiado. Si planean salidas, excursiones, desplazamientos o eventos lúdicos, quieren saber de antemano lo que encontrarán, tanto en el lugar de destino como en el camino hasta este. Aquello de "...al llegar allí ya veremos..." o "...ya decidiremos sobre la marcha...", tiene poca cabida normalmente. Por eso, establecimientos públicos y particulares informan con profusión sobre prácticamente todo lo que uno necesita saber antes de ir: horarios, precios, opciones, servicios, etc. Vale la pena aprovecharlo para elegir bien.
 
 
Otra cosa que también puede ser útil es consultar las obras —siempre numerosas— que habrá por la carretera a lo largo de la ruta. Esta información la ofrece con detalle la propia administración pública (como sucede por ejemplo en Baden-Württemberg), incluyendo el punto kilométrico exacto, duración, motivo de las mismas, etc. Un recurso interesante en un país permanentemente en obras, dicho sea de paso...

viernes, 12 de julio de 2013

Manual del inmigrante

Cuando uno llega a un país extranjero, es increíble la cantidad de cosas que lo dejan completamente fuera de juego por simple y absoluta ignorancia. El que más y el que menos se ha pasado un tiempo haciendo algo de modo incorrecto sin tener ni la menor idea, sencillamente porque nadie se lo advirtió. A veces los autóctonos dan por supuesto que todo el mundo sabe esas cosas pero, por desgracia, a los inmigrantes no nos entregan un manual de instrucciones a la entrada, así que vamos de sorpresa en sorpresa quedándonos a cuadros con nuestros hallazgos. Hoy quisiera citar algunas de esas cosas que se da por hecho que debes saber (de Alemania en mi caso), pero que nadie te dice cuando llegas y que vas descubriendo a base de investigar, de estrellarte o por pura casualidad.


La primera cosa de la que me percaté nada más cruzar la frontera —literalmente— fue que debía cambiar mi filosofía al conducir. Recuerdo mi estupefacción al observar una manada de ñus al volante compitiendo ferozmente por progresar en el carril izquierdo, mientras el derecho permanecía impoluto. La conducción aquí resulta estresante mientras no te adaptas, es casi una competición. Y no por las altas velocidades, sino por la agresividad de los movimientos. Se tarda algún tiempo en entender las reglas no escritas de la carretera...

Siguiendo con el tema automoción, también me asombró el tema del aparcamiento. Me costó asimilar que hubiese "trozos de calle privados", es decir, partes de la vía pública donde solo puede aparcar el dueño de la casa de al lado. Esto, unido a las innumerables restricciones existentes, llega a producir una verdadera psicosis cuando quieres aparcar el coche. Vas con la sensación de que todos los lugares están prohibidos —y así es en la mayoría de los casos.

Una de las cosas que descubrí por casualidad fue la pegatina medioambiental, tras un tiempo saltándome esta regla por desconocimiento —sin consecuencias para mi bolsillo, afortunadamente. Es una pegatina que debe colocarse en el parabrisas del coche y que indica, en una escala de 1 a 4, si contamina más (nivel 1) o menos (nivel 4). Según eso, la pegatina será verde (4), amarilla (3) o roja (2). A los de nivel 1 directamente ya no les dan pegatina son los apestados. La finalidad de esto es que, en determinadas zonas, no se permite la circulación a los vehículos más contaminantes, por lo que solo puedes entrar si llevas la pegatina adecuada.

Otro descubrimiento fue el diferente concepto de vivienda. Yo estaba acostumbrado al típico piso de ciudad en España, en un edificio de varias plantas. Aquí sin embargo es más habitual vivir en zonas residenciales de casas bajas (máximo dos alturas), unifamiliares o con pocos vecinos. Pero lo más sorprendente para mí fue ver que estaban completamente vacías. Y completamente significa justamente eso: cuatro paredes, sin muebles de ningún tipo, sin cocina e incluso sin cuarto de baño. Por no tener, no tienen ni bombillas. Me quedé atónito. Yo pretendía buscar una casa parcialmente amueblada para facilitar un poco mis inicios y, desde luego, tener baño y cocina es lo mínimo que esperaba. Pero resulta que aquí es normal mudarse con todo a cuestas, retrete incluido en algunos casos. En este sentido, el panorama que me encontré fue profundamente desalentador. Además, las mejores viviendas suelen estar en manos de agentes inmobiliarios que te cobran un dineral de comisión por acceder a ellas. Es muy muy complicado conseguir algo decente sin pagar comisiones. Por suerte, después de ver varias pocilgas, acabé encontrando un sitio bastante bueno, ¡con persianas y todo!

La siguiente sorpresa desagradable llegó al poco de instalarme. Una carta me informaba de la tasa que debía pagar por el simple hecho de poseer aparato de radio, televisor, ordenador o similar. Es lo que aquí se conoce como GEZ, un impuesto con el que financiamos los canales públicos del país. Esta fue una de las cosas que más me molestó acatar. De hecho, suscita una gran controversia también entre la población alemana.

Otro de los temas que más estupor me causó fue el de la basura. En España podemos tirarla en cualquier contenedor de la calle, ya que son públicos, y la recogen a diario. Aquí los contenedores son particulares, pertenecen al propietario de la casa, de modo que no puedes tirar tu basura en otro que no sea el tuyo. Aparte, hay unos días estipulados para la recogida de cada tipo de residuo que, según el caso, puede ser cada semana, cada dos semanas... Los contenedores se guardan fuera de la vista y, cuando toca recogida, debes andar listo para sacarlo del escondrijo a su hora o de lo contrario seguirás intimando con tu basura unos días más.

Relacionado con esto también conviene saber que, al comprar bebidas, se paga una fianza por la mayoría de los envases de plástico y vidrio. Este importe lo recuperas solo si devuelves las botellas en unas maquinitas que existen a tal efecto en los supermercados. Yo mandé alguna que otra a la basura mientras no me percaté del asunto... Luego entendí las caras de la gente al verlo...

En fin, existen montones de cosas más que podrían incluirse en ese hipotético manual para inmigrantes, pero os invito a que deis vuestro punto de vista y comentéis algunas, tanto de Alemania como de otros países. Sería interesante recopilar experiencias, a ver si alguien se anima a editar una guía de esas características... :)

viernes, 28 de junio de 2013

Cambiar matrícula española por alemana en 10 pasos

Hoy volveré a tocar la vertiente de servicio público, hablando del procedimiento para sustituir una matrícula española por una alemana. Como dije en mi anterior entrada, esta es una de las trampas que nos pone Europa para complicarnos la vida y sacarnos la pasta. Dado que los gerifaltes europeos no han tenido a bien unificar el reglamento, estamos obligados a matricular el vehículo en el país donde oficialmente residimos, y cada estado establece sus propias normas al respecto. Esto trae como consecuencia no pocos gastos y molestias. Ejemplo: Alguien que trasladase su residencia a otro país de la UE y retornase al cabo de 7 meses, siguiendo la normativa a rajatabla, podría lucir fácilmente en su coche CINCO matrículas diferentes en ese periodo de tiempo (cada una de ellas con su pertinente desembolso, claro está). Un verdadero disparate.


Debes saber que existe obligación de cambiar la matrícula en estancias superiores a seis meses (de ahí el ejemplo anterior), salvo dos excepciones: estudiantes matriculados en un centro educativo del país y trabajadores transfronterizos. Eso sí, mientras portes matrícula forastera, no se permite que el coche lo conduzca ningún residente del nuevo país, salvo que tú vayas en él.

A continuación describo los pasos que yo seguí para realizar el cambio de placas, así como los costes (a modo orientativo), que pueden variar ligeramente según la región de Alemania. Nota: No soy uno de los blogueros viajeros a los que le mola fardar con las palabritas superguays que van descubriendo; casi nunca uso términos alemanes en el blog, y mucho menos si no aportan nada. Sin embargo, por razones didácticas, hoy será la primera vez que incluya una buena dosis de ellos, ya que lo considero útil para afrontar esta situación real sin conocer bien el idioma.

1) Buscar un seguro alemán para el coche. Tras llegar a un acuerdo con ellos sobre el tipo de cobertura (más información en el punto 8), te dan un justificante provisional (Versicherungsbestätigung) que debes presentar en la oficina de matriculaciones (Kfz-Zulassungsstelle).

Precio: 0€.

2) Pasar la inspección técnica (TÜV), que incluye una inspección general (Hauptuntersuchung) y una de emisión de gases (Abgasuntersuchung). Para ello es necesario el certificado de conformidad del fabricante (Übereinstimmungserklärung o Übereinstimmungsbescheinigung, también llamado CoC por sus siglas en inglés) o una revisión técnica completa (Vollgutachten) un poco más "especial" que le hacen a los vehículos extranjeros. El certificado me costaba 71,40€ pidiéndolo al fabricante. Es interesante señalar que existen otros talleres autorizados para realizar las inspecciones del TÜV (p. ej. grandes cadenas como ATU, DEKRA...). Yo decidí utilizar esa opción, ya que me resultaba más rápida y sencilla, para lo cual tuve que presentar solamente la documentación española del coche (tarjeta de ITV y permiso de circulación).

Precio: 89€ (inspecciones estándar) + 58,31€ (revisión "especial").

3) Ir a la oficina de tráfico con todo esto en la mano:
  • Papeles españoles del coche (puede que te interese hacerle copias, porque se quedan los originales).
  • Placas españolas (también se las quedan).
  • Justificante de la inspección técnica (TÜV).
  • Justificante temporal del seguro (Versicherungsbestätigung). 
  • Formulario del impuesto de circulación alemán (Kraftfahrzeugsteuer o Kfz-Steuer) que te dan allí. Desde este momento te lo pasarán cada año por domiciliación bancaria.
  • Pasaporte o DNI en vigencia.
  • Justificante de empadronamiento del ayuntamiento (Anmeldebestätigung). En teoría no hace falta, pero les encanta pedirlo para TODO, así que no está de más llevarlo encima, por si acaso.
  • ¡Destornillador para quitar y poner las placas!
Una vez verifican todos los documentos te asignan un número de matrícula. Si lo deseas, puedes elegir el que quieras entre los que hay libres pagando unos 10€ extra, y se puede reservar con antelación por Internet pagando otros 2€ y pico (ver comentario final). Entonces, te dan dos recibos. Uno para pagar en caja el coste de la gestión administrativa (en la misma oficina). Otro para obtener las placas de matrícula. También recibes un documento acreditativo de que el coche está registrado en Alemania, para presentarlo en tráfico de España y darlo de baja allí.

Precio: 44,10€ (tasa administrativa) + impuesto circulación (actualmente, los diesel pagan 9,50€ por cada 100cm³ + 2€ por cada g/km de CO2 que supere los 110g/km; los de gasolina pagan 2€ por cada 100cm³ + 2€ por cada g/km de CO2 que supere los 110g/km).

4) Ir a comprar las placas (siempre hay tiendas que se dedican a eso al lado de las oficinas de tráfico). Con el recibo de tráfico te troquelan en las placas el número que te corresponde.

Precio: 35€.

5) Elegir método de fijación de las placas. Mientras que en España solemos llevar las placas atornilladas "a pelo", en Alemania es típico acoplarlas a un soporte (por razones puramente estéticas). Por defecto, no te hacen agujeros en ellas; si los quieres debes pedirlos en la tienda de troquelar (recuerda tomar medidas para indicarle dónde hacerlos). Si no, puedes comprar el susodicho soporte, que se atornilla y sobre él se fijan las placas.

Precio del soporte (opcional): 12€.

6) Volver a tráfico con las placas "recién hechas" para que te pongan en ellas los sellos de la región y el de validez de la inspección técnica (la placa que lleva dos sellos debe ponerse atrás). Recibes entonces la documentación alemana del coche, que consta de dos partes. La primera se llama Zulassungsbescheinigung Teil I (también conocida como Fahrzeugschein o simplemente Schein) y es la que se debe llevar siempre en el coche. La segunda se llama Zulassungsbescheinigung Teil II (también conocida como Fahrzeugbrief o simplemente Brief) y es como el “título de propiedad” del coche, se deja siempre en casa a buen recaudo; perderla conlleva problemas. Ya se pueden instalar las nuevas placas en el coche y circular con él.

Precio: 0€.

7) Notificar la baja al seguro español y solicitarle un certificado de no siniestralidad en formato internacional (inglés) para que te apliquen la bonificación en el seguro alemán.

Precio: 0€.

8) Hacer el seguro definitivo alemán. Hay un plazo de 4 semanas desde que se registra el coche con matrícula alemana. En ese plazo, la cobertura es la misma que hayas acordado inicialmente para obtener el justificante provisional (sin límite de movilidad). Debe formalizarse el seguro definitivo en ese periodo de tiempo. El seguro vence siempre por año natural, se haga cuando se haga. Por tanto, si se da de alta en fecha distinta al 1 de enero, cobran la cantidad proporcional según lo que quede de año. Básicamente hay tres tipos de seguro, cuyas coberturas exactas pueden variar según la aseguradora: el obligatorio a terceros (Haftpflichtversicherung), todo riesgo (Vollkasko) y uno intermedio (Teilkasko) que es como a terceros ampliado con daños propios, incendio, robo, etc, pero que no cubre los daños causados a tu coche por terceros. Como es obvio, el precio de cada uno variará según el modelo de coche, la bonificación del conductor, etc. Por lo general sale algo más caro que la cobertura equivalente en España.

Precio: en mi caso particular rondaba los 500€.

9) Dar de baja el coche en España (jefatura provincial de tráfico) por tránsito comunitario. Es conveniente tener a mano, por si acaso, el justificante de registro que recibes en tráfico de Alemania (ver punto 3) y que acredita oficialmente el cambio de matrícula realizado, aunque a mí no me lo pidieron. Por tanto, solo hay que rellenar el formulario español (disponible en Internet: DGT) y pagar la correspondiente tasa.

Precio: 8€.

10) Solicitar la devolución de la parte proporcional del impuesto municipal del vehículo (en el ayuntamiento donde estaba registrado en España), si procede. Para ello te piden el justificante que expide tráfico de la baja definitiva del coche. El impuesto se paga por año natural y se prorratea por trimestres, así que te devolverán tres trimestres si das la baja hasta el 31 de marzo, dos trimestres si la das hasta el 30 de junio, un trimestre si la das hasta el 30 noviembre y nada si das la baja después de esa fecha.

Precio: 0€.

¡LISTO!

Nota importante: En Alemania, los únicos documentos obligatorios que se deben llevar en el coche son el carné de conducir y el Fahrzeugschein (no se necesita el seguro ni nada más).

Y un último comentario a modo de curiosidad: La matrícula en Alemania va asociada al propietario, no al vehículo como en España. Eso quiere decir que un mismo coche puede portar varias matrículas a lo largo de su vida útil, y que puedes mantener la misma durante toda tu vida pasándola de un coche a otro. La estructura de letras y números es como sigue: XXX YY NNNN. 'X' son las letras identificativas de la región (puede haber de una a tres) y es la única parte que no se puede elegir. 'Y' son letras a elegir (mínimo una, máximo dos), aunque no se admiten ciertas combinaciones catalogadas como "indeseadas". 'N' son números a elegir (pueden ponerse entre una y cuatro cifras).

viernes, 26 de abril de 2013

Emigrar no es la solución

Hace unas cuantas entradas ya dejé caer que los acontecimientos ocurridos han cambiado notablemente mis puntos de vista sobre determinados asuntos. Con la perspectiva que dan el tiempo y las experiencias vividas, ya no creo que emigrar sea la mejor solución de futuro, ni la decisión más valiente. Y haber fallado en mi intento no es el motivo para cambiar de idea, hubiese llegado a la misma conclusión antes o después. El fracaso solo me ha abierto los ojos más deprisa.
"Si buscas resultados distintos, no hagas siempre lo mismo."
- Albert Einstein -


En el pasado, los nuestros han salido de España en momentos en que estaba más que justificado. Era una obligación si no querías morirte de hambre. Pero creo que la emigración de hoy en día es muy diferente. La sociedad actual es cada vez más egoísta y ambiciosa. No nos conformamos con nada, todo lo que tenemos es poco, siempre queremos más y lo queremos cuanto antes. Por eso nos vamos buscando reconocimiento, prestigio, plan de carrera, ganar más dinero... con la justificación de que en nuestro país no hay nada decente.

Por supuesto, no solo es legítimo sino comprensible también. Lo que yo me pregunto es, ¿qué pasaría si todo ese talento exportado lo aprovechásemos nosotros mismos? ¿Habéis pensado en el futuro que tiene un país como España, en el que más de la mitad de los jóvenes no tiene trabajo y el resto decide largarse? La respuesta es obvia: ninguno.

Los que hemos optado por irnos hemos oído a menudo cosas del tipo: "¡qué huevos tienes!" o "¡hay que tenerlos cuadrados!".

No estoy de acuerdo.

Valiente es el que se queda en su pueblo peleando día tras día para sacar adelante un pequeño negocio, con más pena que gloria, acuciado por la crisis y pisoteado por la dictadura infame de un sistema financiero que goza del mecenazgo político. Yo creo que lo más fácil en una situación como esta es abandonar el barco, no quedarse.

Sin embargo, si cuando vienen mal dadas nos marchamos a las primeras de cambio, nos estamos haciendo un flaco favor a la larga. Si todo nuestro talento se pone al servicio de otros, serán siempre otros los que se beneficien, mientras que nuestro país seguirá sumiéndose en su propia inmundicia. Así jamás tendremos la opción de cambiar nuestra realidad, no llegará el día en que tengamos alternativas decentes para quedarnos en vez de emigrar. No basta con protestar y pedir un país digno al que regresar. Si es eso lo que queremos de verdad, tenemos que luchar por ello, no largarnos dejando el camino expedito a los gusanos que lo destruyen.

ESE CAMBIO DEBEMOS HACERLO NOSOTROS. Nadie más lo hará. En lugar de salir corriendo a trabajar para empresas foráneas que nos saquen de un país sin futuro, tenemos que luchar por un futuro en nuestro país. Necesitamos crear valor añadido, atrevernos a hacer cosas que aporten riqueza a largo plazo, que sean soluciones de futuro y no parches temporales, no agarrarnos a la primera anodina oposición que aparezca solo movidos por el afán de lograr una plaza de por vida, apartarnos de actividades especulativas y facilonas que solo llenan los bolsillos ya rebosantes de unos pocos, renunciar a ser un simple país de bares, turismo y servicios... Toda esa mierda ha demostrado ser pan para hoy y hambre para mañana. Puede que a ti te resuelvan la vida por un periodo de tiempo, pero tus hijos volverán a verse obligados a emigrar y a alejarse de sus raíces.

Conocimiento y esfuerzo. Ese es el único camino.

El que aún no haya abierto los ojos que le eche un vistazo a los datos de desempleo. Las zonas de turismo y ladrillo rondan o superan con creces el 30% de paro, en contraposición a las que viven de industria y tecnología. Hace tiempo que el País Vasco es el ejemplo más evidente de esto, un modelo a seguir para toda España con su tejido industrial y su dedicación al I+D.

Para revertir la situación debemos, en primer lugar, formarnos. Formarnos muy bien, desde muy pronto, como hacen en los países avanzados. Y sí, parte de esa formación debería hacerse en el extranjero durante un tiempo. Todos deberíamos hacerlo a modo de aprendizaje, para abrir nuestra mente y adquirir nuevas ideas. Pero solo temporalmente. Tendríamos que absorber lo mejor de esos sitios y luego volver para aplicarlo en nuestros lugares de origen. Eso nos haría crecer. El problema es que ahora lo hacemos justo al contrario. Trasladamos todo nuestro potencial al extranjero, donde son otros quienes lo aprovechan. Así se retroalimenta este círculo vicioso. 

Luego, una vez formados (aunque ese debe ser un proceso sin fin), debemos poner en práctica lo que sabemos. Pero no solamente dando lo mejor de uno mismo para terceros, sino también creando recursos por cuenta propia. Debemos cooperar, asociarnos y complementarnos para sacar adelante proyectos que rompan esta tendencia y generen valor. Así convertiríamos el círculo en virtuoso.

Es evidente que la paupérrima legislación existente no ayuda nada, pero creo que nos falta iniciativa y cultura de emprendimiento. La tendencia ha ido cambiando en los últimos años (más por necesidad que por convicción) pero, en general, cuando el empleo escasea cerca nos vamos lejos a buscarlo. Preferimos desplazarnos para seguir trabajando por cuenta ajena que quedarnos e intentar levantar algo propio. Nos resulta más cómodo trabajar para otros y que sean ellos los que se rompan la cabeza. Pensamos incluso que es una opción "más segura" que arriesgarse a montar un negocio, aunque no siempre es así.

No pretendo ir de listillo, yo soy tan culpable como el que más. Pero, una vez abiertos los ojos, no voy a resignarme sin pelear. Y cada uno pelea como puede. Las movilizaciones son una manera de hacerlo, pero hay otras que pueden ser efectivas, aun siendo más silenciosas. Por eso espero volver tan pronto me sea posible y poner mi granito de arena para cambiar la situación actual. Puede que acierte o puede que no, pero estaré infinitamente más orgulloso y satisfecho de lo poco o mucho que haga, porque lo estaré haciendo con los míos y para los míos. Y eso para mí vale más que el dinero y el plan de carrera.
"En la vida hay algo peor que el fracaso: el no haber intentado nada."
- Franklin D. Roosevelt -

sábado, 30 de marzo de 2013

La "montaña rusa" del emigrante

Al tomar el camino de la emigración, es normal experimentar una secuencia de sensaciones muy dispares con respecto al país de acogida. La percepción de las cosas varía considerablemente de un extremo a otro según te vas sumergiendo en el entorno. En ciertos momentos te gusta y crees que has tomado la mejor decisión. Otras veces, en cambio, detestas aquello y deseas largarte para perderlo de vista. Al menos así es como me ha ido pasando a mí, no sé si otras personas coincidirán conmigo. Esos extremos o altibajos que comento, se asemejan de alguna manera a los de una montaña rusa, de ahí que haya elegido esa especie de metáfora para el título de esta entrada.



Dejando de lado cambios puntuales sufridos según lo complicado que se presente el día, distinguiría, a grandes rasgos, tres etapas por las que he pasado desde que empezó esta aventura. Las dos primeras son (y deben ser) transitorias, como estaciones del camino que conduce a la tercera, esta firme y duradera. Os explicaré en qué consisten.

Ya he hablado otras veces de la imagen distorsionada que, en general, tenemos de ciertos lugares, así como de los complejos que padecemos en ese sentido. De ahí que la primera impresión se vea inevitablemente influida por eso. Llegué con la idea instalada de que todo era maravilloso, asombroso y un ejemplo a seguir. Admiraba aspectos de la cultura y sociedad alemana, que consideraba infinitamente adelantada a la nuestra. Sanidad, educación, servicios, infraestructuras, etc, etc. Casi todo se presupone superior a lo que tenemos nosotros. Así, la tendencia inicial es a valorar cualquier cosa que encuentras mejor que las de tu país. Puede decirse que esta primera fase se parece a los comienzos de una pareja, donde sólo se observan virtudes en quien tienes al lado. Es la novedad y estás entusiasmado con todo.

Sin embargo, luego llegan los roces, los problemas, las decepciones, los desengaños... Empiezas a conocer todo a fondo, ves que hay más defectos de los que creías al principio y éstos comienzan a imponerse a las virtudes que antes alababas. La interminable sucesión de bofetones que te va propinando la realidad hace que, transcurrido un tiempo, termines por pasarte completamente al otro extremo. Ahora te vuelves crítico hasta la médula, te ensañas con cada cosa que no te gusta poniéndola a caer de un burro y te rebelas contra un entorno que por momentos aborreces.

Es entonces cuando sale a relucir el orgullo patrio que llevas dentro. Empiezas a darte cuenta de que en tu país, del que tanto te quejabas, se hacen muchas cosas mucho mejor que allí. Y las que no se hacen podrían hacerse. "Tenemos tanta capacidad o más que ellos", piensas. Aprovechas la mínima ocasión para ponerlo de evidencia y demostrarlo ante cualquiera. Vamos, paseas tu bandera si hace falta, lleno de orgullo como nunca (y si encima se suceden los triunfos deportivos de los nuestros, ni te cuento. ¡Qué bien sienta callar ciertas bocas impertinentes y prepotentes!).

Lo que ocurre es que esa segunda fase es muy peligrosa. Por eso decía que debe ser transitoria. No creo que sea necesariamente malo pasar por ella, ya que es parte del aprendizaje, pero resultaría muy destructiva si uno se queda ahí estancado. Si no eres capaz de avanzar puedes convertirte en un marginal resentido. Ver cada día sólo la cara más desagradable del lugar te impedirá disfrutar de la cara agradable que, aunque a menudo se empeña en ocultarse, también existe.

Así, si consigues superar esa etapa, llegas finalmente a la última, donde por fin alcanzas cierto equilibrio. Ya conoces lo suficiente para saber qué es lo bueno y qué es lo malo. Y lo más importante: aprendes a disfrutar de lo bueno y a sobrellevar lo malo (si bien unas veces mejor que otras). Tienes una opinión formada que ahora está basada en hechos conocidos y no en prejuicios. En general, resulta más fácil valorar las cosas en su justa medida. Yo diría que es entonces cuando empiezas a estar adaptado.

Como digo, yo pasé por todas esas fases. En mi caso particular he de decir que la primera me duró muy muy poco. Los desengaños empezaron enseguida, nada más llegar. Quizá por eso permanecí en la segunda más tiempo del que sería deseable. Pero por suerte conseguí llegar a la última, en la que me encuentro. Imagino que si sigo aquí más años acabaré pasando aún por otras nuevas etapas. Incluso es probable que la perspectiva del tiempo cambie el modo en que veo las anteriormente descritas, pero así es como lo percibo ahora mismo, tras dos años de emigración.

¿Coincides con esta visión o has tenido una experiencia distinta? Puedes compartirlo si quieres.

miércoles, 27 de marzo de 2013

¿Y ahora qué?

Un día llegas al trabajo y te llaman a una habitación. Te explican que la empresa pasa por dificultades que le obligan a tomar decisiones drásticas y, antes de que te des cuenta, estás recogiendo tus cosas del lugar de trabajo y saliendo de allí para no volver. Estás despedido. ¿Y ahora qué?



Esta pregunta ya es difícil de responder ante tal situación estando en tu tierra. Pero si además resulta que estás en otro país, las preocupaciones que te asaltan sobre tu futuro hacen que tu vida se parezca de repente a un túnel sin salida. Desconoces las leyes, los procedimientos y hasta tus derechos básicos, y encima no puedes expresarte plenamente a causa del idioma. Una experiencia francamente desagradable, la verdad.

Cuando eso ocurrió, empecé a buscar soluciones y a hacerme infinidad de preguntas. Por ejemplo, de repente debía replantearme mi lugar de residencia: "¿Me quedo en Alemania? ¿Me vuelvo a España? ¿Huyo hacia adelante y pruebo en otro país?" Estas cuestiones en particular se fueron respondiendo solas a medida que recogía información por el camino. Es de lo que hablaré a continuación. Otras muchas, sin embargo, aún siguen sin respuesta.

Personalmente, mi decepción fue de tal magnitud que me hizo perder las ganas de seguir dando tumbos por el mundo. No podía quitarme de la cabeza un pensamiento: tanto sacrificio para terminar así; para eso es mejor estar en mi casa. Si hubiese tenido una varita mágica que me permitiese hacer lo que quisiera, yo hubiera vuelto a casa inmediatamente tras el despido. Es verdad que luego he ido relativizándolo un poco, pero la enorme decepción no se borrará nunca. Hasta tal punto es así, que muchos de mis puntos de vista han cambiado.

Si miro atrás me asombro al pensar con qué decisión me lancé a la emigración. A veces creo que debía estar loco para elegir este camino, pero no me asustaba y estaba convencido de que quería hacerlo. Ahora en cambio, con todo lo ocurrido, esas ganas han desaparecido, y he dejado de pensar que la mejor forma de mejorar es irse a otro país (puede que en otra entrada desarrolle el porqué).

En cualquier caso, pese a mis muchas meditaciones y deseos, es la realidad la que de momento se encarga de decidir por mí.

En primer lugar, la búsqueda de trabajo en ciertos países se trunca de nuevo a causa de sus respectivos idiomas (una lección que ya aprendí). A esto se suma el hecho de que no estoy muy por la labor de volver a empezar de cero. Después de haber superado ya aquí las dificultades iniciales y conseguir adaptarme... sería como en el parchís volver a la casilla de salida cuando llevas todo el tablero recorrido. No pensaba así hace unos meses, cuando seguía atraído por conocer otros países. Pero como digo, ahora mis prioridades han cambiado.

En segundo lugar, lo de encontrar trabajo en España ya sabemos cómo está. Desde el primer momento tuve que resignarme en este sentido. Salvo milagro improbable, es una utopía volver ahora.

Por tanto, parece que la opción de permanecer en Alemania es la más adecuada. Y en efecto, así es. Tiene que serlo a co..nes, porque es la única. No sólo por eliminación, sino también por motivos legales derivados de la normativa europea en materia de desempleo.

Me explico.

Simplificando mucho para no aburrir: los periodos trabajados en cualquier país de la unión se computan para calcular cuánto tiempo de paro te corresponde (para lo cual se necesita el formulario europeo PD U1; no entraré en eso ahora, si alguien tiene interés no tengo inconveniente en contestar preguntas). Pero tienes derecho a percibir la prestación en el país donde nació tal derecho. En mi caso, Alemania (que es donde me quedé en paro), no España (a pesar de que allí haya cotizado más años).

Eso por un lado está bien, porque obviamente la prestación es de mayor cuantía en Alemania. Pero por otro lado no tanto, porque la prestación dura menos tiempo (en mis condiciones, la mitad, para ser exactos).

La consecuencia es que, si quisiera volver a España ahora, tendría que hacerlo con una mano delante y otra detrás, puesto que trabajo no hay y allí no tengo derecho a paro, lo que sería una verdadera locura. De ahí que quedarme en Alemania sea mi única opción razonable de momento.

Es cierto, como muchos sabréis, que la legislación europea permite exportar la prestación por desempleo entre países de la unión (formulario PD U2). Pero tan solo puedes "llevarte" tres meses, tengas el tiempo que tengas. Es decir, si te queda por ejemplo un año entero de paro y solicitas su exportación a otro país, te conceden tres de esos doce meses. Una vez transcurridos esos tres meses, si sigues en paro y no vuelves al país de origen, el resto lo pierdes definitivamente.

Así pues, todavía no es una opción para mí. Ese tiempo lo consumiría prácticamente ya sólo en mudarme. Hoy por hoy, sólo puedo plantearme volver a España si tengo trabajo, lo cual es sinónimo de decir que no puedo volver.

Lo peor de este galimatías legal es que también obstaculiza otra de las vías para intentar salir adelante: crear mi propia empresa. Dado que no tengo derecho a paro en España, no puedo acogerme a la famosa capitalización del mismo ni a ninguna otra de las supuestas ventajas que anuncian para emprendedores. A no ser, claro está, que me la juegue y haga un salto mortal sin red (todo llegará...).

En conclusión, quiera o no quiera, estoy atrapado aquí. Todo lo que puedo hacer por ahora es seguir buscando trabajo. Si en los próximos meses consigo encontrarlo, pues bien. Si por el contrario no es así y nada cambia, mi condición de emigrante tiene ya fecha de caducidad, y ésta coincide con la de mi derecho a percibir paro. A partir de ahí me convertiré en un emigrante retornado prematuro. Siguiendo mis propios consejos, me niego a permanecer aquí careciendo de ingresos, aunque ello suponga volver a casa derrotado y con el rabo entre las piernas.

Veremos lo que depara el futuro inmediato.

viernes, 22 de marzo de 2013

3 "consejos" para fracasar en Alemania (y III)

Para cerrar esta serie voy a hablaros del segundo obstáculo principal que me impide encontrar trabajo actualmente: la especialización extrema.




Siempre que se habla de tecnología e industria es inevitable que Alemania salga a la palestra. La manida frase "con tecnología alemana" adorna las promociones de no pocos artilugios mecánicos, electrónicos, etc. Parece que esa frase por sí sola hace mejor a cualquier producto. Ya puede tratarse del objeto que sea.

"Ah, si es alemán es bueno", pensamos.

Todos tenemos un gran concepto de este país en ese aspecto. Merecido, por otra parte.

Sin embargo, esa reputación bien ganada mediante el esfuerzo y trabajo de muchos especialistas en los más diversos campos tiene un lado oscuro. Un arma de doble filo que puede volverse contra ti si no juegas bien tus cartas, como me pasó a mí.

El alemán es un mercado laboral extremadamente especializado. Para desarrollar los avanzados productos tecnológicos que aquí se fabrican, es necesario contar con gente fuertemente especializada en parcelas muy concretas. Eso está muy bien, claro. Tener grandes especialistas en cada campo brinda una ventaja competitiva sobre los demás. Pero la trampa que esconde sale a la luz en el momento en que el chiringuito se viene abajo.

Es decir, el salto de calidad que te da profesionalmente tu especialización en un área es muy interesante. Pero eso sí, procura no hacerlo en un área equivocada. Escoge una que ofrezca pocas expectativas (a priori) de derrumbarse. De lo contrario, cuando eso ocurra no valdrás nada. Si eres especialista dentro de algo que entra en crisis, lo primero que puede pasarte es perder tu trabajo, como en cualquier sitio. Pero además, eso significa que no encontrarás otro en tu mismo sector, ya que está en crisis y no hay opciones.

Entonces debes buscarte la vida en otro sector en el que no eres especialista. Y claro, por este motivo, resulta que ahí tampoco tienes opciones, aunque poseas ciertos conocimientos del mismo. Aquí no te pagan por enseñarte, quieren resultados desde el principio. Y la forma de conseguirlos es contratando especialistas. ¿Porqué van a contratarte a ti, que no lo eres, cuando hay otros en el mercado que sí lo son?

Consecuencia: un círculo vicioso del que no es fácil salir.

Yo me encuentro ahora mismo en esa situación. Y las expectativas de escapar a esta trampa son de momento inexistentes.

Puede discutirse si el tema que expliqué del idioma compite en importancia con este error. Sin embargo, considero este último mucho más imperdonable que aquel. NUNCA debí tomar este camino sabiendo como sabía que el sector se desmoronaba. Creí equivocadamente que aquí el impacto sería menor. Y además me convencí de que no sería tan difícil cambiar de palo si la cosa iba mal. Me equivoqué en todo.

También en otra cosa. En mi cabeza se había instalado la convicción de que mi experiencia en Alemania me revalorizaría si algún día quería volver a España. Pensé que podría ser más "deseado" por el hecho de tener experiencia internacional.

De eso nada. A las empresas españolas les resbala. Siguen queriendo lo de siempre, licenciados que hablen cuatro idiomas, tengan un porrón de conocimientos y años de experiencia y estén dispuestos a trabajar de 8:00 a 20:00 regalándole las horas extras que pidan por mil euritos pelados sin el menor plan de crecimiento profesional a la vista.

Eso si tienes suerte de encontrar algo, claro está. Desgraciadamente, la situación es tal, que ni siquiera encuentro una opción de ese tipo. Así que ya podéis imaginaros el panorama.

Esta lamentable situación es fruto de los errores comentados (y otros que iré citando) junto con ciertos factores externos. El caso es que, entre unas cosas y otras, mi carrera se ha ido al tacho y tengo muy difícil recuperarla. ¿Quién iba a decirme que ese sería el resultado de emigrar a Alemania?

Por eso os aconsejo elegir cuidadosamente. Tened en cuenta las experiencias de otra gente que ha pasado por esto. Meditad muy seriamente la decisión atendiendo a todos los factores.

Y, si queréis aceptar un último consejo adicional, no emigréis a la aventura. No le recomiendo a nadie irse a otro país sin un contrato de trabajo. Hay muchos casos así. Gente que ha salido pensando que total, en España no hay nada, y que ya encontrarán algo por ahí. Algunos de ellos tienen que malvivir y pedir ayudas, que no siempre se le conceden (aquí el que no produce no es bienvenido). Otros con algo más de suerte, van tirando con lo que ganan en los trabajos más precarios.

Ya sé que España está muy jodida y no da ni para eso pero, ¿es lo que queréis hacer de verdad? ¿Y encima lejos de casa, pasando frío y penurias? Pensadlo muy bien.

Lee también:
3 "consejos" para fracasar en Alemania (I)
3 "consejos" para fracasar en Alemania (II)